Desmemoria acústica

Ayer a la tardecita iba solo en el auto cuando en la radio comenzó a sonar Nightswimming y en un instante se me llenó el cuerpo de la melancolía más dulce que uno pueda imaginarse.

Quise tener doce años de vuelta y pasar los tres meses del verano del 88 en la vieja cabaña junto al lago en Cramdon Corner. Añoré estar sentado en el desvencijado muelle de madera, los pies chapoteando despacio en el agua y mis amigos tirados boca arriba a mi lado mirando el cielo en silencio, mientras la brisa suave de las ocho de la noche nos secaba el pelo. Me embargó el deseo de que pasara mi primo Ted a buscarnos en su pick-up destartalada y nos llevara en la caja al autocine a ver la misma película por décimocuarta vez, atragantándonos con caramelos pegoteados por el calor y una botella de cerveza sin gas traída a modo de infantil contrabando. Hubiera pagado por sentir una vez más la misma electricidad que me corría por la nuca cuando la veía pasar a Molly por la puerta de la fuente de soda del viejo Wilbur, cruelmente ataviada con pantalones demasiado cortos y la camisa anudada sobre el ombligo, riéndose sin darse cuenta de que llevaba todas mis ilusiones en los hombros.

Me pregunto si en ese preciso momento, en Georgia o Carolina del Sur, un muchacho de veintipico largos estaba escuchando una canción y sintiendo nostalgia de un picado con una pelota desgajada en una cortadita de empedrado a dos cuadras de la estación, de medialunas con dulce de leche a la tarde en la pileta de Adrogué, de un jumper azul y unos ojos almendrados abajo de un árbol en el patio de séptimo grado.

Algún distraído allá arriba nos traspapeló las saudades.

Duelo

Desde ayer por la mañana, el ambiente urbano que nos rodea (habitualmente de colores tan chirriantes que lindan en lo saturado) se antoja pálido y algo gris. Una neblina con olor a quemado se mueve perezosamente calle abajo, cubriendo todo con un velo opaco muy parecido a la capa de polvo y pelusa que sí o sí se amontona en la parte superior de las paletas de cualquier ventilador de techo. Si uno sale al balcón y mira para allá, se alcanza a distinguir el resplandor del fuego responsable de tamaña afrenta al espíritu cromático de la zona.

Eclipse de ceniza

Eclipse de ceniza

Nadie se anima a decirlo, pero el siniestro es claramente intencional: alguien se enteró de la trágica muerte de un intrépido molusco y decidió homenajearlo armando su propio eclipse de ceniza. Es sabido que al rayo del sol no se puede llorar como Dios manda.

Soneto contra tiempo

Veinticuatro sanjuanes bajo el brazo
y sólo estos dos versos mal armados.
La rima todo estorba y ya cansado
masco adverbios y escupo los pedazos.

Tres años más, tres líneas en mil días,
y el mismo hastío tiñe cada trazo.
No son suaves caricias, son zarpazos,
reflejos de una musa muerta y fría.

El asco y la impaciencia se entreveran
con rictus de pavor en las miradas
de aquellos que estas letras resistieran.

Mas hoy bendigo aún tus carcajadas,
tus guiños y tu afán de primavera
que obligan a parir tanta pavada.

Soundtrack

Tengo algunos comentarios y observaciones para hacerte, señor encargado de la banda de sonido de mi vida.

La mayor parte del tiempo (disculpame que sea tan duro y directo) estás distraído y no prestás atención a tus tareas. Día tras día tenés innumerables oportunidades de ser sublime y las dejás pasar, indolente. Por ejemplo, desde acá veo en la vereda de enfrente a un cincuentón de gruesas patillas y colorida camisa cuyo rítmico andar pide a gritos que suene "Fiebre de sábado por la noche", pero vos no reaccionás y el momento pasa. O hace un rato, cuando dejó de llover y se filtró el sol entre las nubes después de un par de días oscuros, pero George Harrison no cantaba "Here comes the sun".

A veces siento que directamente me odiás. Por ejemplo, sabés muy bien que la primera canción que escucho temprano a la mañana va a quedar alojada durante todo el resto del día en un riconcito de mi inconsciente, lista para ser tarareada en el ascensor o silbada en la ducha. Entonces no puede ser que mi radio-reloj, en lugar de Gardel entonando "Madreselva" o cualquiera de los Beatles, me despierte nueve de cada diez veces con "Cachete con cachete" de Pancho y la Sonora Colorada.

Otras veces tu sentido del humor se me antoja demasiado ácido, como cuando estrellé mi Volkswagen 1500 contra un poste de teléfonos en la esquina de mi propia casa, y en la radio justo Dave Matthews cantaba eso de when you come crash / into me baby.

Pero a pesar de todo no voy a pedir que te peguen la patada en el culo que te merecés. Bien sabés que con el toque de inspiración que tuviste aquella tardecita en que la Entintada me ofreció por primera vez los labios tenés laburo asegurado hasta que decidas jubilarte.

Desde arriba

Desde arriba

Desde arriba

Cuando el avión inicia el descenso hacia el aeropuerto de Barajas, la vista que se aprecia es prácticamente idéntica a la que se puede disfrutar al arribar a Lima, San Petersburgo, Jakarta o Don Torcuato.

Bah, la zona del suelo en realidad no tiene nada que ver, pero la ventanilla, el cielo y las nubes... Igualitos, igualitos, ¿no?

Hoy te reivindico, Juan Carlos

Ay, Juan Carlos Salaberry Méndez, ¡cómo te criticaron!

Te criticaron dura e injustamente, por tu estilo inmensamente rico y bellamente florido, constante y plenamente poblado de adjetivos mordaces y adverbios perfectamente seleccionados.

Te criticaron por aquellos innovadores párrafos en los que abandonabas las comas por considerarlas un estúpido obstáculo impuesto al lector para interrumpir el natural fluir de las ideas que plasmabas magistralmente cual talentoso pintor creando sin esfuerzo jardines de palabras sin piedras con las cuales tropezar sin vallas que saltar y sin ríos que vadear.

Te criticaron por comenzar párrafo tras párrafo con las mismas palabras, porque no entendían el sublime valor poético de una perfecta anáfora.

Te criticaron por tu saludable obsesión de concluir tus textos con la misma frase que les servía de título, dándoles una estructura circular de atractivo casi matemático.

Te criticaron porque el único escrito que jamás publicaste y que jamás publicarás es éste mismo, escrito en pudorosa segunda persona, celebrando brevemente pero sin falsa vergüenza tu enorme talento.

Hoy te reivindico, Juan Carlos.

Qué te trajo hasta mí II - La venganza

No por trillado es menos interesante el tema de revisar en las estadísticas del blog las frases de búsqueda en Google, Yahoo y otros (bah, en mi caso siempre en estos dos) para ver cómo terminaron cayendo en este agujero algunos incautos. A continuación van de muestra algunos, como para comprender lo fascinante del tema (entre paréntesis agrego algunos comentarios).

El amor (en todas sus facetas) es por lejos la más popular de las variantes, lo que me hace tener fe en el futuro de nuestra humanidad. Algunos ejemplos destacados:

  • amor (directo, puro y simple)
  • blogs de amor com frases de amor (un portugués romántico y redundante)
  • simbología amor libre (los psico-hippies aún viven)
  • teorías de amor (si a ama a b y b ama a c, ¿ama a a c? ¿eh?)
  • mantras de amor (tequierommmmmm)
  • poemas cortos de amor odio (por ejemplo: mi cielito / sos un pelotudo)
  • amor sin interés (sugiero cambiar de banco)

Otros llegan aquí en busca de mayor información acerca de alguna luminaria:

  • ante garmaz

Me imagino que absolutamente todos terminan decepcionados, pero más que nada éstos:

  • tamales canarios (si alguien me pasa la receta, la publico)
  • nombre de tablas de sunset (no sé si habla de surf o de planchado)
  • tutorial de dibujos de alas de aves (mi humilde aporte: no es lo mismo un ñandú que un gorrión)

Pero si tengo que destacar a alguno en particular, aquí va mi favorito personal:

  • si hay amor alguien que se fue puede volver o no?

Éste me destrozó el corazón. Y si por alguna extraña razón el autor pasa de vuelta por esta página, aquí va mi respuesta: Sí, definitivamente puede volver. Sobre todo si no cambiás la cerradura de la puerta o te mudás a otro barrio.

Si quieren ver la lista completa, hagan click acá y elijan la opción Search Query.

Inflamable

Los rumores acerca del alcoholismo del aguerrido marcador central Norberto Oscar Randabotti (de quien las malas lenguas afirmaban que solía bajarse una ginebra Bols en el entretiempo) quedan confirmados cuando, tras un pequeño roce con un delantero adversario cerca del círculo central, el célebre crack entra en combustión y se consume envuelto en una llamarada azulada.

Ahora sabemos a qué se refieren los relatores cuando hablan del fuego sagrado.

Llamando a Hollywood

Horacio Superstar

Horacio Superstar

Jugando al tutti frutti en el foro de Cine y TV de PsicoFXP (sí, soy una persona completamente consciente de sus prioridades), se me ocurrió una idea para un largometraje que paso a comentar, con la inequívoca intención de que alguno de los varios escritores, productores y directores de cine que visitan este blog diariamente me pague una cantidad obscena de dinero para poder utilizarla en su próximo proyecto.

La idea es crear un falso documental acerca de los hilarantes problemas que ocurren durante la filmación de "Horacio Guarany Superstar", una malograda superproducción nacional basada en "Jesucristo Superstar" en la que el protagónico del mesías cristiano es reemplazado por el entrañable folclorista, básicamente para no pagar derechos de autor. Numerosos contratiempos causados por la falta de experiencia del actor principal, las inclemencias del clima cordobés y un simpático perrito que se alimenta de rollos de celuloide harán las delicias de grandes y chicos. El relato, sin embargo, concluye con una nota amarga al mostrar cómo la producción queda inevitablemente trunca durante la escena en que se transforma el agua en vino: Horacio se entusiasma y convierte todo el cauce del Río Carcarañá en un buen Cabernet Sauvignon, falleciendo de una cirrosis fulminante al poco tiempo.

Quedo a la espera de la guerra de ofertas. Únicamente acepto transferencias a mi cuenta en las Islas Vírgenes, por cuestiones impositivas.

Mea culpa

Estoy a un costado del escenario, entre telones y equipos de sonido, con la guitarra al hombro. Alguien está terminando de cantar, pero no se lo ve bien desde este ángulo por la iluminación. Leo García está parado al lado mío, vestido con una camperita azul y su sempiterna gorrita roja, cargando con un teclado como si llevara un atlas a la biblioteca. —Ahora salimos y tocamos "Esperanza de amor"—, me dice. Asiento en silencio, confiado.

Cuando llega nuestro turno, camino con paso firme hacia el centro del escenario momentáneamente oscuro y me planto frente al micrófono. A mi izquierda, Leo monta su teclado sobre un soporte, conecta los cables y me guiña el ojo en señal de aliento. En ese preciso momento, a escasos segundos de que se enciendan los reflectores, caigo en la certeza inexorable de que no conozco ninguna canción llamada "Esperanza de amor". No sé ni la letra que supuestamente tengo que cantar ni la melodía que llevaría. No conozco un mísero acorde. Se me ocurre que podría tratar de seguirlo de reojo a Leo en su teclado, pero mi escaso nivel musical hace imposible que traslade acordes de piano a guitarra en un tiempo razonable. Busco relajarme intentando unos arpegios, pero tengo los dedos resbalosos de sudor y mi guitarra está irrecuperablemente desafinada.

Cada vez que me despierto durante este tipo de pesadilla (y por suerte siempre ocurre justo antes de caer en el más absoluto ridículo), me sorprende el hecho de que en realidad no estoy sumido en la desesperación por no saber la canción o por no encontrar cordones para mis botines antes de salir a la cancha o por no conocer el mecanismo exacto para abrir el paracaídas. Lo que sí me suele embargar es una especie de enojo conmigo mismo: ¿Cómo puede ser que no haya afinado la guitarra si ésta es la oportunidad musical de mi vida? ¿Cómo es que no me traje una partitura para seguir? ¿Cómo olvidé enhebrar los cordones antes de salir hacia el estadio? ¿Cómo puedo ser capaz de subirme a un avión sin tomar siquiera una lección de paracaidismo?

Será que adscribo a la teoría del libre albedrío y creo que nuestro futuro es siempre consecuencia de nuestros actos precedentes. O será que, generalmente, yo tengo la culpa de todas las huevadas que me mando.

Technicolor

Al final el tema del desfasaje temporal de Osvaldo se solucionó de manera bastante simple. Igual, como viene ocurriendo, cada remedio trae aparejada una nueva enfermedad. Ya nos estamos acostumbrando a nuestra suerte.

De compras en el almacén hace un par de días, escuché que una vecina chusma de ésas que nunca faltan le comentaba en voz baja a otra clienta algo así como que Osvaldo "se fue rebobinando de a poquito", y ahí se me prendió la lamparita. Al día siguiente buscamos en las páginas amarillas a un técnico en audio y video que trabajara a domicilio. El muchacho, un peruano muy jovencito y algo parco, llegó a la casa, se sentó y escuchó sin que se le moviera un pelo toda la historia acerca de los problemas de Osvaldo, como si se tratara de un problema más de interferencia estática electromagnética. Terminada la explicación, pidió ver al afligido paciente, sacó de su valijita un instrumento electrónico similar a una Betamax de aspecto más bien primitivo y le conectó una serie de cables al pobre Osvaldo (que de todas maneras de nada se enteraba, porque para él todo esto ocurriría recién al día siguiente). Ahí nomás, sin aviso previo ni ceremonia, presionó el botón de fast forward y Osvaldo entró en cámara rápida: pies y manos iban de un lado a otro dejando una estela difusa como las alas de un colibrí, la cara era un manchón borroso de muecas, la voz se aceleraba en ese tono agudo de las ardillas en los dibujos animados.

Tras un par de minutos de este espectáculo desconcertante, el técnico presionó play y teníamos a Osvaldo de vuelta en el presente. Haciendo caso omiso a la algarabía generalizada, nuestro impasible salvador incaico guardó sus herramientas, cobró la visita como si hubiera limpiado los contactos de una radio a transistores y se marchó sin aceptar propina. Aquella noche, la fiesta duró hasta comenzado el nuevo día, que por primera vez en mucho tiempo era el mismo para todos.

Por la mañana Osvaldo amaneció algo amarillento. Nos preocupamos un poco, temiendo que la combinación de manipulaciones temporales y la sidra del festejo pudieran haberle afectado el hígado. Él, sin embargo, se sentía de maravillas, y no le dimos mayor importancia al fenómeno. Cuando a la noche empezó a tornar a un tono violáceo, casi como de cadáver dragado de un río, caímos en la cuenta del origen de estos cambios de coloración: el instrumental del técnico, además de antiguo, era originario de su país natal. Y en Perú el sistema imperante no es el PAL-N al que estamos acostumbrados sino el NTSC, con los consabidos problemas de aberración cromática que conlleva.

De todas maneras, estamos todos muy felices porque este ínfimo efecto secundario no evita que Osvaldo lleve una vida prácticamente normal. Los chicos del barrio a veces se burlan de él, gritándole "¡Gordo cara de ají!" cuando luce un tono rojizo o amenazando con llamar a Fabio Zerpa cuando de tan verde parece un marciano, pero él se lo toma con humor y no se hace mala sangre. Al fin y al cabo, según dice a quien quiera escucharlo, "mejor mal pintado y actual que rozagante y atrasado".

Vamos todavía, Osvaldo. Vamos todavía.

Episodios anteriores en la saga:
1. Poder inútil
2. Marcha atrás
3. Adaptándose al retraso

Nota administrativa

Parece que los servidores de Walagata, donde alojo alojaba mis imágenes, están offline. Ojalá que pronto se solucione, y si no voy a mudar todo a otro lado. Decidí mudar todo a otro lado. Disculpas por los inconvenientes, ilustres visitantes.

¡Me cacho en diez!

Update: Ahí pasé las imágenes del template y las de los posts más recientes a un hosting de emergencia, hasta que amaine la tormenta.

Update dos: Como todo tiene que ver con todo (Badía dixit) y la realidad no es otra cosa que un cúmulo de casualidades, justo Erasmo en Bonsai Gigante se manda este tutorial en donde recomienda a Lycos.fr como hosting de imágenes, ventaja al parecer ya anteriormente notada por Petrovich. A ambos vaya dedicado mi eterno agradecimiento.

Bálsamo helado

Patapúfete

Otoño de 1952, a orillas del Mar de Ross en la región conocida como Victoria Land, ubicada en la zona neocelandesa de la masa continental antártica. Cerca de las tres de la tarde de un día soleado, Juan Carlos Pingüino propina de manera artera el denominado "soplamocos invertido guatemalteco" a Rubén Pingüino (no hay vínculo sanguíneo) motivado por la sospecha de que éste había intentado propasarse con su pareja estable, Cristina Pingüino (apellido de soltera), al invitarla a tomarse unos margaritas (frozen, por supuesto). Estos primeros indicios de celos monógamos en las simpáticas aves son documentados por las cámaras de Jacques Cousteau, que había agarrado mal una curva al salir de Niza con el Calypso y había terminado allí en lugar de Aruba.

Hoy, estimado lector, nos atrevemos a presentarle este testimonio fílmico, porque a veces una boludez sin sentido sirve de algo. Escaparse unos segundos no es pecado.

Sepan ustedes disculpar.

Novelas en veinticinco palabras

Asesinan monjes en monasterio medieval. Viene un molesto con su ayudante a chusmear. Se pierden en una biblioteca. Latín y semiótica. Dan con el culpable. »?«

Estudiante italiano lleva un diario de estilo sospechosamente rebuscado. Los buenos se enferman, los villanos se redimen, todo es una lección de vida. Llorás mucho. »?«

Alguien está en problemas. Cada personaje merece un flashback revelatorio. Hay alguna violación y gente con dinero. El problema se resuelve y ya te olvidaste. »?«

¿Alguien quiere aportar más?
(Inspirado por I love books)