Conociendo al Entintado en tres preguntas pelotudas

Si fueras una herramienta de jardín, ¿cuál serías?
Una azada o un escardillo, pero no sé cuál es cuál.

¿Qué hay en la pared de tu habitación?
Las sombras de las ilusiones lloradas que se mueren secándose en mi balcón. Y un almanaque con un chimpancé vestido de bombero que me dieron en la mercería.

¿Cuál es tu sabor de helado favorito?
Como dice el poeta, aquello jamás probado será siempre lo más sabroso. Así que digamos pistacchio.

El blog virtual

Estoy puliendo los últimos detalles de una innovación tecnológica que va a revolucionar el mundo de los blogs. Si las pruebas resultan positivas y todo funciona tal cual lo planeado, ya no será necesario que visiten este sitio, ni que agregue nuevas entradas, ni que el sitio directamente exista. Seré cauto con los detalles porque la patente está en trámite, pero básicamente el sistema trabajará a base de implantación remota inalámbrica de recuerdos y sensaciones: una vez enviada la señal, todos directamente recordarán haber visitado Amor Entintado, experimentando la misma mezcla de decepción, vergüenza y lástima que resulta de una visita real.

Pronto se enterarán de más novedades al respecto. O por lo menos creerán haberse enterado.

Geografía inconsciente

Llegamos a China tras un vuelo bastante accidentado, durante el cual el piloto en ningún momento intentó elevar el avión a más de cincuenta metros del suelo. Salgo a pasear directamente desde el aeropuerto junto a los otros viajeros y encuentro la ciudad marcadamente similar a México: casas cuadradas color arena, calles de tierra, cactus y palmeras por todos lados. No habiendo visitado jamás ninguno de estos dos países, no me parece particularmente extraño. "No se puede confiar los libros, y menos que menos en Internet", reflexiono.

Quizás debería dejar de comer pastillas de goma antes de irme a dormir.

Discurso de agradecimiento

La emperifollada jovencita abrió con su larga uña el sobre lacrado y anunció con dificultad el nombre del galardonado técnico iluminador, de inconfundible origen esloveno. Los asistentes a la ceremonia, sin mayor interés por una categoría tan poco glamorosa, siguieron conversando en un murmullo monocorde sin prestar atención al viejito que, premio en mano, se ubicó tras el micrófono en el centro del enorme escenario y carraspeó tímidamente. Todos esperaban una lista interminable de nombres desconocidos leídos de un papelito ayudamemoria, interrumpida prontamente por la orquesta para dar paso a la siguiente presentadora y el siguiente premio.

Sin embargo, apenas cinco segundos luego de que el anciano comenzara a hablar, su voz era la única que se escuchaba en el recinto y los cientos de ojos de los allí presentes se posaban en su frágil figura. Desgranaba cada oración con todo cuidado, en un barítono tan terso que parecía destilado de miel. Comenzó hablando de su sufrida infancia hacinado junto a nueve hermanos en una choza en las afueras de Bovec, su pueblo natal, y hasta los más recios caballeros en la audiencia no pudieron evitar que se les llenaran los ojos de lágrimas. El medio minuto originalmente planeado para el discurso llegó y pasó, y nadie movió un dedo para interrumpir al orador. Directores, camarógrafos, músicos, sonidistas, ayudantes de escena: todos estaban absortos, completamente sumergidos en el sermón de su imprevisto pastor.

Habló de los diez kilómetros que caminaba día tras día arrastrando un carrito de madera cargado de las pocas naranjas que intentaría vender sin éxito en el mercado del pueblo. Habló de los escasos momentos de solaz en su niñez cuando en las noches organizaba espectáculos de sombras chinescas para su familia utilizando una escuálida y remendada vela. Habló de su primer amor, una muchacha a la que descubrió una noche de verano bajo la suave luz de un farol a gas y luego perdió bajo las sucias botas de un soldado invasor. Habló de su odisea al escapar de un campo de concentración y recorrer a pie más de doscientos kilómetros durante el crudo invierno europeo. Habló de la amistad que trabó con otro pasajero en su accidentada travesía hacia el nuevo mundo, y de cómo las fascinantes historias acerca de tablas, bambalinas y sets de filmación que aquél le contaba durante noches de borrachera terminaron por decidir su futura carrera. Habló de sus inicios como ayudante técnico en películas picarescas de poca monta. Habló de su fogoso romance con una entonces desconocida pero eventualmente celebérrima diva, a la que cuidó de no nombrar por caballeroso pudor. Habló del amor eterno por una esposa ya perdida, habló de hijos y nietos. Habló con pasión, habló con gracia, habló con un nudo en la garganta y el corazón abierto.

Habló y sigue hablando. Van ya diecisiete horas desde que comenzó, y nadie en el auditorio se ha movido un centímetro de su lugar. Se lo nota al pobre ya algo pálido y desmejorado, encorvada la espalda y temblorosas las manos, pero su voz se resiste a ceder. Miles de canales de televisión alrededor del mundo emiten el evento sin interrupciones comerciales. No importan ya la ceremonia ni los premios ni las estrellas ni quién ganó ni quién queda por ganar.

Nadie puede darse el lujo de perderse una sola palabra, porque lo que todos sospechan es ya una certeza: cuando el pormenorizado recuento de su pasado finalmente dé alcance al inevitable presente, entonces no le quedará más que relatar su propia exhalación de despedida, ahogada bajo una salva de aplausos, el perfecto epílogo del perfecto discurso.

Señal de ajuste

Cansado de las inconstancias de Enetation y su desdeñoso imperialismo anacrónico, he mudado el sistema de comentarios al criollísimo Habbicomments, por obra y gracia de Habbi de Habbiblog. Ahora cualquier tipo de problema será cien por ciento responsabilidad de quien esto escribe, así que carguen la pólvora de sus mosquetes y apunten para este lado sin vacilar.

En adelante, prometo mantener los comentarios metabloguísticos al mínimo, pero consideré que correspondía dar crédito a quien lo merece.

Supervivencia entre las góndolas

Mi ejercicio favorito para evitar que las visitas al supermercado sean una tortura insufrible es imaginar una hecatombe nuclear que nos confine a todos los compradores a pasar el resto de nuestras vidas dentro del local. Este escenario permite infinidad de divertimentos que aligeran el agobiante proceso de hacer las compras semanales.

Clasifico los comestibles en las estanterías de acuerdo a su fecha de expiración, para llevar un orden lógico a la hora de luchar contra la hambruna grupal. Compruebo si hay suficiente sal para conservar algo de la carne, a la manera del charqui de las épocas coloniales sudamericanas. Calculo para cuántos días de iluminación artificial nos alcanzarán las pilas y linternas. Miro de reojo a empleados y clientes, trazando futuras alianzas y conflictos a la manera de aquellos improvisados clanes en la autopista del sur de Cortázar. Hago una nota mental de la ubicación de los juegos de cuchillos parrilleros importados de China, armas invalorables a la hora de defenderme de los intentos de asesinato de mis eventuales enemigos.

Cuando llegue el momento, nadie podrá acusarme de estar mal preparado.

Manifiesto

Todos aquellos que dejaron su marca indeleble en la historia de la humanidad poseían voluntades inquebrantables, ideas poderosas, convicciones absolutas. Lucharon por sus ideales y cambiaron el mundo, blandiendo su verdad tallada (figurativamente o no) en piedra. O, por lo menos, eso parece.

Yo, por mi parte, pertenezco al gelatinoso grupo que cambia de idea cada cinco minutos. Se nos puede convencer con llamativa facilidad de creer en cualquier cosa. Pasamos del amor al odio y viceversa, empujados por opiniones de terceros que jamás conocimos ni conoceremos, en búsqueda infructuosa de complacer a todo el mundo.

Pensé que era buen momento para formalizarnos como organización y aunar nuestros espíritus de veleta. Por un instante imaginé una convocatoria sin precedentes para elevar con orgullo nuestras frágiles determinaciones.

Quise escribir nuestro manifiesto, pero lo dejé por la mitad, lleno de manchas, borrones y tachaduras.

El crimen no paga, el humor sí

Chevy Enterprises Inc.

Chevy Enterprises Inc.

Aparentemente, Chevy Chase invirtió bien sus ganancias de Fletch y la saga de Vacaciones (sospechamos que en bonos del tesoro argentino), porque ahora es dueño de todo un pueblo bautizado en su honor, que como vemos incluye también un banco con su nombre ubicado en una calle con su nombre, en un arranque egomaníaco que no nos extraña demasiado.

Pero Chevy no fue el único comediante que decidió lanzarse al mundo de los negocios, como pudimos descubrir tras una exhaustiva investigación. Por ejemplo, pocos saben que John Candy había decidido abrir una caramelería/bombonería en Sunset Boulevard antes de su prematura muerte, atragantado con un pastelito de dulce de batata. En el viejo continente, Benny Hill tuvo una lucrativa compañía que manejaba el cinturón ecológico de la ciudad de Oxford, y es responsable de las hermosas colinas de basura que se pueden distinguir en el horizonte desde la sala de campanas en la torre de la iglesia de Saint Augustine. Más cercano a nuestros pagos, descubrimos que el simpático Eddie Murphy es presidente de una exitosa cadena de locales de comida rápida autóctona en el noroeste argentino (tamales, hamburguesas de locro, humita feliz para los niños) llamados Eddie's Morfi. Los cómicos locales tampoco se quedan cortos en sus impulsos empresariales: Jorge Corona y sus consultorios de salud dental, la línea de alta costura de Miguel Ángel Cherutti junto a su hermano Nino, los locales de lencería masculina de Ante Garmaz. Estos casos no hacen más que comprobar que, contrario al imaginario popular, risas y negocios bien pueden ir de la mano.

Mientras tanto aquí, en la gran ciudad, una nueva hora comienza.

Adaptándose al retraso

Luego de un tratamiento intensivo a base de reiki y licuados de gengibre y uva, logramos que el retroceso temporal de Osvaldo detenga su constante marcha, estabilizándose en una marca constante de veinticuatro horas. En pocas palabras, el hombre vive un día atrasado.

Como suele ocurrir con este tipo de trastornos, no sólo sufre aquel quien es directamente afectado, si no también su entorno familiar y afectivo. De todas maneras, nosotros no nos dejamos vencer por la depresión que las circunstancias nos quieren imponer, y logramos diseñar un ingenioso método para, aunque sea, inyectar un poco de normalidad al asunto.

Básicamente, se puede resumir de la siguiente manera. Arrancamos un día al que denominaremos Día Uno, durante el cual realizamos nuestras actividades usuales pero nos cuidamos de llevar un meticuloso registro de horarios de inicio y finalización de cada una de ellas, además de posiciones, recorridos, gestos y diálogos. Se podría decir, en lenguaje dramatúrgico, que confeccionamos un detallado guión de nuestras respectivas vidas durante toda esa jornada. Mientras esto ocurre, claro, Osvaldo se encuentra reaccionando a los eventos del Día Cero, por lo que no cuadra para nada en el asunto y no le prestamos mayor atención.

Ahora bien, durante el Día Dos nos dedicamos (munidos de nuestras anotaciones) a recrear de la manera más fiel posible todo lo realizado durante el Día Uno. Osvaldo, cuya realidad es en ese momento justamente aquella del Día Uno, se integra perfectamente a los eventos de este Día Dos, y cualquiera que hipotéticamente nos observara desde afuera no notaría nada extraño: los Días Dos son deliciosamente normales, un recordatorio de nuestra vida antes de tanto problema. Los llamamos, cariñosamente, "días de re-estreno".

El Día Tres es libre. Todos nos relajamos, descansando de la concentración constante que requirió el Día Dos, mientras Osvaldo merodea por la casa algo confundido, preguntándose por qué diablos estamos todos haciendo exactamente lo mismo que el día anterior; es que el pobre está viviendo en el Día Dos, copia fiel del Día Uno. A veces se desespera y nos grita, pero nosotros tratamos de ni siquiera estar en casa para evitar disgustos. Al día siguiente, Día Cuatro, volvemos al ruedo y comenzamos de nuevo el proceso.

O sea que, con este método, cada tres días tenemos un día ensayadamente normal. No está nada mal, digo yo, aunque Osvaldo se está poniendo un poco más desorientado y hostil que de costumbre. Con el problema que tiene, eso es lo de menos.

Sueño

Anoche tuve un sueño épico, complejo y desesperante, que hoy recuerdo con claridad inusitada.

Grupos de santos y curas, con Cristo a la cabeza y el Papa como su lugarteniente, se enfrentaban en un otrora tranquilo pueblito provinciano en sangrienta pelea contra legiones de muertos (tanto parlantes como mudos), quienes utilizaban al mundo animal como soldados en sus ataques. Gatos, perros, caballos, vacas, gallinas, pajaritos, ratas, piojos, lombrices: todos luchaban de manera muy organizada, como un verdadero ejército de hermanos. Los animales mostraban gran inteligencia y utilizaban todo tipo de ardides durante las batallas, desde mordidas rabiosas traicioneras hasta bombardeos con huevos podridos y excrementos, buscando sembrar la peste entre sus enemigos. Las huestes católicas, diezmadas por el miedo, las enfermedades y las heridas (muchos curas se veían obligados a desplazarse con muletas), decidieron replegarse, concentrándose en el cementerio junto a la iglesia, en donde se tuvo que suspender el casamiento que se estaba celebrando. Mientras tanto, el humo y las llamas de los incendios causados por la guerra se sumaban a la lluvia y el mal tiempo imperante y hacían estragos en los campos, arruinando irremediablemente las plantas de tomates y haciendo estériles los esfuerzos por salvarlas de los gallegos dueños de los sembradíos, que lloraban de la impotencia ante tanta desgracia. En medio de tanto dolor, madres e hijas en el pueblo vendían sus joyas desde los balcones, malgastando el dinero en comprar vino y emborracharse junto a las letrinas, ahogándose en su propio vómito.

Me desperté muy angustiado, no tanto por la pesadilla, sino porque se me va a complicar muchísimo decidir a qué número le juego en la quiniela de hoy.

La excusa

Mirá qué loco

Mirá qué loco

Expertos en fotografía digital analizaron la imagen incansablemente con lupas y Photoshops. Psicólogos especialistas en interpretación de deseos reprimidos se babearon ante la simbología de cada pixel. Físicos ópticos extrapolaron los orígenes de luces, sombras y reflejos.

Si supieran todos estos giles que era todo una excusa del individuo para probar si podía alinear una imagen a la derecha del blog.

Falta de consideración

Al dormir, suelo colocarme sobre el costado izquierdo, mirando hacia la ventana. Desde esa posición, y dada la altura del departamento, puedo ver claramente casi cinco cuadras de una calle medianamente transitada. De las cinco esquinas visibles, tres cuentan con semáforos. Llamémoslos, en orden de cercanía a mi ventana, semáforo A, semáforo B y semáforo C.

Luego de las once de la noche y vaya uno a saber hasta qué temprana hora de la mañana, los tres semáforos se desactivan para agilizar la escasa circulación de vehículos, pasando a mostrar el amarillo intermitente acostumbrado en estos casos. Lamentablemente, nunca, pero nunca ocurre que el orden de intermitencia entre los tres sea el correcto.

Me explico: si partimos de un instante inicial en que los tres semáforos están apagados (este momento, que bien podría no existir, sin embargo existe), entonces el primero en encender su farol amarillo es el semáforo A. Hasta ahí todo fantástico. Ahora bien, uno lógicamente espera que el siguiente semáforo en activarse sea el semáforo B, y luego el semáforo C, en una muestra de armónico orden, y luego continúe el hermoso ciclo A, B, C, ad infinitum.

Pues no. Luego de A, va el turro de C y le gana de mano a B, y todo se desmorona. ¿A, C, B? ¿A quién se le ocurre? Obviamente, ante esta descarada muestra de caos, no me puedo dormir. Noche tras noche, mis esperanzas de que algún funcionario público solucione esta flagrante muestra de mal gusto se desvanecen, con los ojos enrojecidos de disgusto.

Queda claro que a los responsables de este municipio poco les importa el bienestar de los sufridos vecinos. En las próximas elecciones ya van a ver.