Trabajo ideal

Uno de los trabajos que pagaría por tener es el de reportero de notas simpáticas para Crónica TV. Por la mañana, a charlar con el dueño de la agencia donde se vendió la grande. De ahí, a la fiesta de Rosita, que cumple cien jóvenes años rodeada del amor de su familia. Luego, al Hospital Fernandez para hablar con los orgullosos papis de Jonathan, el primer bebé del año, nacido apenas un segundo después de la medianoche.

Después me vienen a hablar de buen karma.

Canarios mensajeros

Hoy, manejando por la autopista hacia el Oeste, me tocó marchar un tramo detrás de una camioneta de caja abierta, tipo F-100 o similares, algo descuidada pero sin llegar a dar lástima. El camino estaba bastante despejado, así que era posible pisar un poco el acelerador sin miedo a tener que clavar violentamente los frenos después de unos segundos.

Al llegar cerca de los cien kilómetros por hora, de la caja de la camioneta partió en vuelo espiralado una especie de papelito amarillo, que levantó un poco de altura, planeó unos instantes, y se perdió de vista algo más atrás. "Un folleto de pizzería que le tiraron en la caja hace un rato cuando la dejó estacionada en la puerta del banco", imaginé bastante ordinariamente.

Treinta segundos después, se repitió el fenómeno. Esta vez, luego de remontar vuelo, el nuevo papel amarillo se disparó en dirección al parabrisas de mi auto, pero a último momento cambió de dirección y aterrizó en la banquina, según pude comprobar por el espejo retrovisor. En los dos o tres minutos siguientes, otros cinco de estos objetos voladores se escaparon del baqueteado vehículo, tomando rutas dispares, algunos casi perdiéndose de vista en la altura y otros estrellándose en el asfalto sin ninguna ceremonia, a merced de las ruedas implacables de otros motoristas. El conductor de la improvisada plataforma de despegue no se daba por enterado del ballet aéreo que se desarrollaba a sus espaldas.

Eventualmente tuve que bajar de la autopista y perdí de vista al que se había transformado en mi inesperado punto de interés. Calculé en ese momento que vendría de una papelería o imprenta, y una resma mal empaquetada había sido la responsable del impensado espectáculo.

Pero la teoría que se me acaba de ocurrir es mucho más plausible: la camioneta era parte de una feria itinerante de deformidades humanas, y cargada en su pequeña jaula iba Annette, la adolescente más pequeña del mundo, que está ya cansada de compartir sus noches con la mujer barbuda y el hombre elefante y su tirano jefe, y escribe con sus lágrimas poemas de amor invisibles en las páginas de un pequeño block amarillo robado, que luego suelta como canarios mensajeros sin ninguna esperanza. Pero en un día no muy lejano, uno de sus mensajes caerá en las manos de Pietro el Diminuto Joven Piamontés, de gira promocional por el país, y él entenderá todo con sólo probar en sus dedos la sal de las lágrimas de Annette y no descansará hasta rescatarla de su triste vida y llevarla con él a su pequeñísimo pero cómodo palacete, junto a un arroyo allá en el Norte italiano.

El mundo sería tanto mejor si todas mis teorías fueran correctas.

Marcha atrás

A Osvaldo le recomendaron un pai umbanda para revertir el deseo fallido que aquel genio decadente le había otorgado. Quinientos milisegundos de premonición no servían absolutamente de nada, así que se sometió con expresión resignada a la pintoresca ceremonia, que consistió en una seguidilla aparentemente interminable de gallinas sacrificadas y mantras en portugués al ritmo de los bongó.

Para su sorpresa, funcionó. Un par de días después, su habilidad de ver el futuro casi inmediato se había desvanecido y, por primera vez en meses, Osvaldo se deleitó transcurriendo en la más absoluta normalidad temporaria.

Poco le duró la alegría. A la semana siguiente, jugando un picadito con los compañeros de oficina, llegó tarde a todos y cada uno de los cruces, repartiendo moretones a diestra y siniestra. La pelota le pasaba por debajo del pie cuando intentaba dominarla. Pifiaba los remates. Cuando le tocó ir al arco, no sacó una. Al principio, Osvaldo lo catalogó como una horrible tarde futbolística y no le prestó demasiada atención.

Pero en el trayecto de regreso a su casa estuvo varias veces a punto de llevarse puestos a los automóviles que circulaban por delante suyo, y al intentar subir al ascensor se aplastó la nariz con la puerta automática que se cerró frente a él. Algunos experimentos caseros esa noche, intentando infructuosamente agarrar una pelota de tenis que hacía rebotar contra la pared o perdiendo una y otra vez con su esposa en las pulseadas chinas, confirmaron la sospecha: Osvaldo había comenzado a atrasar. Claramente, el pai le había retorcido el cogote a un par de aves de granja de más.

Por unos días el retardo fue sólo perceptible para él, pero gradualmente la situación siguió empeorando. Una nueva visita al templo umbanda tuvo el magro resultado de que le devolvieran la mitad de lo que había abonado por el tratamiento, pero ninguna mejora en su condición. Osvaldo, impotente y furioso, puteó de arriba a abajo al pai, pero éste no se dio por aludido: se había retirado del lugar casi un minuto antes.

Hoy en día, calculamos que Osvaldo está diez minutos atrasado, y no da signos de detener su marcha atrás. Mientras escribo esto, se está riendo del escobazo que el Chavo del Ocho le pegó en la cabeza al Señor Barriga al entrar a la vecindad. Fue quizás gracioso, pero el programa terminó hace rato ya, y Osvaldo se ríe frente a un televisor apagado, llenando la habitación de ecos que todavía no escuchó.

Poder inútil

Si Osvaldo se hubiera encontrado una lámpara mágica como Dios manda, arabesca y bruñida, oculta en una pequeña cueva en medio de un desierto en medio oriente, ahí la cosa cambiaba. Pero lo que encontró fue una linterna Eveready oxidada, tirada a un costado del mingitorio en el baño de una estación de servicio de la ruta a Venado Tuerto, y eso explica mucho.

La sacudió un poco para sacarle la mugre, y al frotarla con la manga de su gastado saco se materializó, con un plaf bastante lastimoso, un genio rantifuso y algo atolondrado, de boina celeste y alpargatas llenas de agujeros que dejaban entrever unas uñas asquerosas.

Osvaldo, que había leído "Aladino" en tercer grado, ya venía con un deseo bien preparado, y no lo dudó: pidió tener la habilidad de ver el futuro. Se imaginaba haciendo saltar la banca en el casino de Mar del Plata, pegando la quiniela semana tras semana, publicando best-sellers de clarividencia. Pero este genio de cuarta que le tocó en suerte, como era de esperar, cumplió el deseo a la medida de sus escasas posibilidades. Osvaldo puede ahora ver el futuro, sí, pero sólo medio segundo más adelante que el presente que todos vivimos. Convengamos que no es mucho.

Hace meses que vengo tratando de ayudar a este pobre hombre a sacar provecho de su nuevo don, pero mis ideas no resultan demasiado rentables y Osvaldo cada día se marchita otro poco, mirando en el espejo la imagen de alguien siempre un instante más cerca de la muerte.

Vívidos recuerdos vividos

Hay recuerdos que es natural que se almacenen prístinos y lustrados: primeros días de escuela, gente amada que se muere, goles a los ingleses. Su propia singularidad hace que no haya demasiado mérito en que los tenga ahí, en la punta del lóbulo frontal, listos para saltar.
Los más interesantes son los otros, esos que no tengo idea de por qué están ahí, y aun menos de por qué aparecen cuando lo hacen. Como el que se me deslizó en la conciencia anteayer, volviendo del supermercado.

Tengo ocho años, y decido salir a dar una vuelta en mi bicicross negra, freno contrapedal, aquella que encontrará meses más tarde un triste final bajo las ruedas implacables de una Ford Bronco. Supongo que son cerca de las dos y media de la tarde, porque no hay demasiada gente en la calle; el calor hace que la hora de la siesta sea, no casualmente, somnolienta y viscosa. Se siente como si la tarde pudiera untarse en el asfalto.
Llegando a la esquina a dos cuadras de casa lo veo a Cristian, un pibe que va a cuarto grado (yo estoy en tercero) y por lo tanto no nos consideramos amigos, pero tampoco hay encono: somos distantemente cordiales. Es más alto, más morocho y lleva el pelo más largo que yo, pero ninguna de estas ventajas me desvela. Está sentado con la espalda apoyada en una de las varias casas vacías del barrio y luce una remera Ocean Pacific azul eléctrico, con un surfer que surca magistralmente una ola allá en las lejanas playas de Hawaii. A su lado, Bruce Springsteen canta "Dancing in the dark" entre dientes apretados desde un primigenio minicomponente, el cual sí es objeto de mi sana envidia.
Freno a unos metros y saludo con un movimiento de cabeza pero no digo palabra, para no ensuciar el momento musical. A los pocos segundos la canción termina.
- Me mata esta canción - me dice sin mirarme, sacudiendo la cabeza -, no puedo parar de escucharla.
Detiene el avance del cassette y rebobina un rato, mientras yo sigo ahí parado, sin decir nada. Aprieta play y arranca nomás, como suponía, de nuevo el mismo tema. Pongo el pie derecho en el pedal y arranco yo también, para el lado de la canchita de fútbol, mientras la música se va disolviendo de a poco allá atrás al alejarme.

Puedo rememorar al más mínimo detalle cada instante de esos dos minutos de mi vida, y no tengo la menor idea del motivo. Al fin y al cabo, estoy seguro que no son más interesantes que otros períodos de dos minutos ese mismo día, o de cualquier otro día de ese verano, o de cualquier otro verano de mi infancia. De hecho, bostezo inconteniblemente al releer lo que acabo de escribir.
Y sin embargo, ahí está, inmaculado e implacable, ocupando obstinadamente el lugar en el que bien podría estar, por ejemplo, el recuerdo de dónde carajo dejé las llaves del auto esta mañana.

Televisión y producto

Shopping TV

Shopping TV

Conversando hace un tiempo ya en el foro naranja acerca de la tan mentada "televisión basura", Mister Mabuse se despachó con una reflexión que modificó muchísimo mi forma de considerar a la TV como un medio artístico y/o popular y/o comercial. Aquí parafraseo casi literalmente este concepto, sin pedir de ninguna manera permiso al autor original:

[...] Igual el error es pensar que en televisión el cuerpo principal es el programa. En realidad, lo que importa es la tanda publicitaria, y los programas son meros envoltorios de ese esqueleto. Funcionan si el envoltorio de la tanda está acorde con el carozo que envuelve, y si no, se tira. Que funcione un programa implica algunas cosas: en primer lugar, el aspecto cuantitativo, que obligue a la mayor cantidad de personas a estar presentes ante la pantalla en el momento en que la tanda aparece. Ese sería el ítem rating.
En segundo lugar, cualitativo, es que logre que la gente que pueda quedarse a ver la tanda (es decir, la gente que ve el programa) responda a un perfil socioeconómico que esté en condiciones de consumir dicho producto, por lo tanto el programa tiene que estar diseñado como para capturar dicha mirada.
Y en tercera instancia, el aspecto de la construcción de psicologías; es decir: no sólo que el programa debe atrapar cierta genta cercana a los productos anunciados en la tanda, sino que debe lograr generar una necesidad (una sensación de necesidad, se entiende) que empuje a cada vez más gente a sentir que sin ese producto su vida es más triste que con él. Así es como la TV construye modelos de persona, y modelos de interrelación entre personas.
Después, si el programa está bueno o no, es una subjetividad que a los gerentes de programación no los toca.
Y es lógico. Pensalo así: si vos fabricás fósforos (ejemplo que cito de un ensayista), sabés que fabricás por ejemplo 100 cajitas por día, que cada una te cuesta, ponele, 3 centavos, y que vendiendo x cantidad a x precio tenés tu ganancia. Ahora en la tele se invierten cientos de miles de dólares por semana, y el "cliente" no paga nada. ¿Entonces?
El error de concepto es pensar que el "cliente", es decir, el destinatario de la programación, es el espectador. El "cliente", es decir, el destinatario, es la empresa que fabrica productos que irán publicitados en la tanda. Es a ellos a quien va dirigido todo, es decir: al que paga. Y en realidad el público (nosotros) no es el destinatario del producto, sino que somos nosotros el producto que los gerentes de programación ofrecen al cliente, que es la empresa que publicita.

B.A.T.

Burglar Alarm Technicians

Burglar Alarm Technicians

Luego de perder su fortuna al apostar todas las acciones de Bruce Wayne Industries a que Argentina llegaba a cuartos de final en el mundial de Japón/Corea, Bruce no se dejó vencer por la depresión y convenció a Alfred de que le tirara unos mangos para armar una compañía de seguridad en Miami.

Tan mal no les va, pero el Batimóvil igual se los subastaron.

De por qué los guiones de Alberto Migré tenían, en promedio, dos mil seiscientas carillas

Buenos Aires, un día parcialmente (pero no depresivamente) nublado, alrededor de las tres y media, quizás algo más cerca de las cuatro. El taxi, al que vemos a mitad de cuadra, avanza lentamente a unos 20 kilómetros por hora, acercándose al cordón en clara señal de terminar su viaje actual (o quizás recoger un pasajero, duda que se despeja rápidamente al ver una silueta de mujer en el asiento trasero, del lado del acompañante). Al llegar a la esquina efectivamente se detiene, sobre la mano derecha, facilitando galantemente el eventual descenso de la pasajera.

Corte al interior del vehículo. Es un Peugeot 404, o en su defecto un Siam Di Tella. Humilde, pero impecable: la cuerina de los asientos resplandece en la escasa luz que se filtra entre las nubes, los cromados han sido lustrados quizás esa misma mañana, y (a pesar de que no podemos apreciarlo) un suave aroma a pino se desprende del colgante que con esa higiénica intención ha sido ubicado en la perilla de sintonía de la radio AM. Un aire de callada nobleza reina en el habitáculo, propio de aquel que se enorgullece de su pequeño rol en el día a día de los habitantes de una bulliciosa ciudad.

A pesar de ya haberse detenido, el conductor no se apura en estirar su mano hacia el taxímetro y dar por terminado el viaje; siente como una falta de respeto el apurar al pasajero de turno, como si estuviera empujándolo a la dura verdad de la calle luego de disfrutar de unos minutos de descanso en esa isla de tranquilidad sobre ruedas. Es aun más cortés cuando es una dama aquella quien ha requerido de sus servicios, y esa cortesía es doble el día de hoy, porque no es otra que Mónica Helguera Paz quien engalana con sus perfectas facciones la imagen que le devuelve el espejo retrovisor.

Rolando Rivas, tal el nombre de nuestro héroe, disfruta brevemente una vez más de esos ojos fulgurantes que (quizás es su imaginación) se demoran una fracción de segundo más de lo acostumbrado al cruzarse con los suyos en el espejo. Desvía el muchacho la mirada hacia algún punto calle abajo, algo avergonzado, y finalmente detiene la marcha del taxímetro, que con una suave campanilla anuncia el fin del recorrido. Un suspiro casi imperceptible precede sus palabras, que desgrana con nerviosismo apenas disimulado.

Rolando: Son dos con treinta.

Guapo de Miami

Acá en este rioba hay bienudos sin grela
Y yo medio en bolas, sin fierro, varón
Tuve que largar el bufoso en Ezeiza
Y entrando la yuta me cacha el facón

Si calo el chambergo, me hirve el balero
Parao en la esquina con sol de neón
El jetra me pesa y los timbos, tan negros,
Se enchastran de arena y me como un garrón

La rubia que yira en aquel cabarulo
Se caga de risa de un pelpa de mil
Araca, papusa, enfilemos p'al bulo
En Flagler y Quince, junto al Burger King

Le estoy hablando a usted, señor escritor

Esto es un llamado a la solidaridad en nombre de los pobres protagonistas de novelas, películas y miniseries. ¡Basta de utilizar conflictos históricos y cataclismos gigantescos para ambientar sus obras!¿No sufre suficiente el pobre muchacho al que lo deja su esposa por su mejor amigo? ¿No la pasa ya bastante mal la pobre cieguita que pierde a toda su familia, perro incluido? ¿Encima tiene que tocarle vivir en la época de la Segunda Guerra o las Invasiones Inglesas o la caída del Imperio Otomano?

Los pintores no arrancan con el fondo ya preimpreso en el lienzo. Los pentagramas vienen peladitos cuando el compositor se sienta a crear una sinfonía. Ustedes también bánquensela.