De un tirón

Muy de vez en cuando, me siento y escribo algo de un tirón, despojado de vacilaciones o relecturas, casi sin respirar. Me causa una mediocre mezcla de placer y alivio: las desprolijidades, los horrores gramaticales, la falta de originalidad, el inevitable tedio del lector, todo se justifica con la vorágine imperfecta del impulso.

La mayoría del tiempo, claro está, la situación es muy diferente. Reescribo cien veces la misma oración, intentando toda posible combinación de adjetivos, sustantivos y adverbios. Agonizo interminablemente buscando elegir el tiempo verbal más indicado. Lucho a brazo partido con metáforas y sinonimias, hipérboles y pleonasmos. Paso noches en vela rumiando un título de tres palabras. Por supuesto, toda decisión conlleva la firme sospecha de haber sido equivocada.

Basten como flagrante muestra estos tres enclenques párrafos, que hoy termino de amontonar pero que comenzaron a escribirse allá por marzo del noventa y cuatro. Y confieso avergonzado que, a pesar del tiempo transcurrido, sigo atormentándome con la posición óptima para una dudosa y esquiva coma. Buscando poner fin de una vez a esta tortura, acepto humildemente mi derrota y termino colocándola, como era de esperarse, en el peor lugar posible: ,

Canción del momento V

Afuera es de noche y llovizna con la misma perezosa intensidad desde hace quién sabe cuántos días. Terminás el trago, inclinando el vaso con la mano derecha mientras con la izquierda llamás al barman para que te sirva otra escasa medida del mismo whisky barato. Tirás la cabeza hacia atrás y cerrás los ojos, disfrutando del ardor que te incendia la garganta, y por primera vez algo te hace prestarle atención a la música que desgranan cuatro tipos desde una esquina oscura del salón. Hay un nosequé dolorosamente familiar en la calidez lustrosa del contrabajo, en la síncopa de ese piano de juguete, en las palabras que el cantante mastica con honestidad descuidada:

Cuántas putas han atravesado esa puerta, / yaciendo a mi lado y trepando a mi mente / y llevándome muy abajo, donde el calor / ampolla la piel de mis pies / y me hace extender las manos y sollozar / por aquellos días en que era puro de corazón / y dormía en paz.

Y en el preciso instante en que empieza ese solo de piano, te estalla el corazón en mil pedazos.


​Hay discos que se queman rápido, en una bengala de colores demasiado brillantes, y dejan un montoncito desabrido de cenizas que uno se apura a barrer bajo la alfombra. Otros, muy pocos, arden firmes y lentos, con la tibieza justa y una mecha eterna, y uno jamás respira demasiado cerca por miedo a apagarlos de un soplido traicionero. Dusk, editado hace ya más de once años por The The, es para mí uno de estos últimos. Y This Is The Night, la canción de hoy, es perfecta muestra de la hermosa melancolía que empapa este disco de punta a punta.

Mejores dos segundos®: Ver un poco más arriba, justo antes de la parte en que un corazón estalla.

Tres

Basta sólo con tres
terrones de azúcar o,
en su defecto, cucarachas.

Los demás podrán cantar en ruso,
leer gruesos manuales de uso,
bordar blusas de lino a oscuras,
comer parfaits y más confituras,
insultar con desdén a los buzos,
pintar óleos de verdes pasturas.

Pero en el fondo todos saben
que basta sólo con tres
cucarachas o, en su defecto,
terrones de azúcar.

Descascarado

Hace unos días, lavándome las manos luego de colocar los platos sucios en el lavavajillas, descubrí que a un costado de mi dedo pulgar derecho se levantaba un pequeño trozo de piel. Al examinar de cerca la herida, noté que por debajo del pellejo no se asomaba la carne viva que era de esperar, sino otra capa de piel, oscura y bruñida. Intenté revelar algo más y comprobé, con más curiosidad que horror, que podía desollarme en largas tiras indoloras. En menos de cinco minutos, con los jirones de mi urbanamente occidental aspecto acumulados a mi alrededor como aserrín, el espejo me devolvía la imagen de un avieso cazador tutsi, de ojos vivaces y grandes manos, experto en atrapar antílopes y cebras en la zona de los grandes lagos africanos.

Esta nueva apariencia resultó tan fácil de desprender como la original. Sucesivos descascaramientos fueron revelando otras encarnaciones ocultas: un campesino griego de principios del siglo veinte, un esquimal muy ducho en el arte de construir cómodos iglúes, un herrero en la selva negra alemana, un pescador de la Polinesia. De hecho, me siento a escribir estas líneas en la piel de un guerrero maya ataviado con sus mejores ropajes de batalla y mancho el teclado con la sangre de un malogrado conquistador europeo.

Tal parece que el encargado de mis resurrecciones resultó ser un vago irrecuperable que prefiere ahorrar tiempo y simplemente pintar por encima, en lugar de lijar a conciencia y arrancar de cero. Será cuestión de resignarme al inevitable destino de un karma berreta.

Más nombres para bandas

Hace un tiempito, en un post en este mismo blog, surgió una pequeña lista de posibles nombres para grupos musicales. En los comentarios de esa entrada, los abnegados lectores hicieron luego varios interesantísimos aportes a este catálogo abierto, por supuesto muy superiores a los originalmente sugeridos.

Odiaría que estos fantásticos delirios se perdieran por estar en una zona no tan directamente accesible. Por lo tanto, y como el objetivo de este blog es el más puro servicio a la comunidad, me permito listar estos aportes (dando el debido crédito a sus respectivos autores) para que aquellos que caigan aquí buscando este tipo de cosas puedan deleitarse con estas creaciones, bauticen luego a sus bandas con alguna de ellas, y por último, cuando accedan a los millones y la decadencia del estrellato más indiscutido, sean denunciados por infracción a la ley de propiedad intelectual para sacarles unos pesos.

Nota aclaratoria: Sólo incluí aquellos nombres aportados que aparentemente jamás fueron utilizados para fines musicalmente nomenclatorios (si no es así, hagan el favor de avisarme, así no tenemos bandas repetidas desperdigadas por el mundo). Asimismo, si alguno de ustedes pasa a utilizar alguno de estos apelativos para su flamante combo musical, déjenmelo saber y pasaré a retirar esta opción del repertorio. Y, por supuesto, siéntanse libres de seguir aportando sugerencias, que serán en su momento agregadas a esta dinámica lista.

Que les aproveche.

  • 50 pal vino (por Federico)
  • Algo habrán hecho (por Leonardo)
  • Algo parecido (por Bater)
  • Cago'en... se fue la luz (por itn)
  • Churrasquitos (por Pipi)
  • Club y Mutual Amigos del Tango (por Sátiro)
  • Con los deditos no (por un servidor)
  • Corriéndose al interior que hay lugar (por Cordín)
  • Cualquiera menos usted (por Bater)
  • Deme todo esto en chicles coboy (por Manu)
  • Distintos pero no tanto (por Bater)
  • Eclectic organic chillout performance (por itn)
  • El bigote de Dalí (por Queen of Hearts)
  • Hijos no pródigos de Beethoven (por under)
  • Irresponsables inscriptos (por Bater)
  • Juira Peyo (por Manu)
  • ¡Largo de acá! (por La Cáustica Srta. Andrea K)
  • Lo hacemos por las minas (por Sátiro)
  • Lo que mata es la humedad (por V-Ro)
  • Los los y sus sus (por un servidor)
  • Los pollos de Juanca (por Marcela)
  • Los teloneros de los Rolling (por itn)
  • Malísimos (por Bater)
  • Mamá toma y me pega (por un servidor)
  • Más de lo mismo (por Bater)
  • Nadie te obliga a escuchar (por under)
  • Navarro con reas (por Bater)
  • Ni pizca dencanto (colaboración entre Grace y Cordín)
  • No es mía, oficial (por un servidor)
  • No tenemos bidet (por Sátiro)
  • No tocamos en garages (por itn)
  • ¡Patrañas! (por *_*)
  • Perfectura banal (por La Caústica Srta. Andrea K)
  • Por tocar que no sea (por Samuel)
  • Puro ruido (por under)
  • ¿Qué te puedo cobrar? (por Federico)
  • Rebeld's (por Mattie)
  • ¿Rojo o incoloro? (por Manu)
  • Se nos pasó el arroz (por Sátiro)
  • Sonamos mal (por under)
  • Tomate la vitamina (por Dagor)
  • Tu abuela (por Perra_Laika)
  • Un caso perdido (por Bater)
  • ¿Y a mí qué me dice? (por Federico)
  • Yo no pagaría la entrada (por under)

Canción del momento IV

Hoy traemos a este rincón a Mark Lanegan, con el tema One Way Street, del disco (discazo) Field Songs, del año 2001.

Breves instrucciones para escuchar esta canción:

  • En primer lugar, nacer en un pequeño pueblo de Arizona o Nevada, de no más de tres mil habitantes, rodeado de millas y millas del más árido desierto.
  • Acto seguido, crecer en un hogar humilde, criado a duras penas por una madre de huesos cansados y ojos sin brillo, que trabaja demasiado y fuma aún más.
  • Al poco tiempo de cumplir quince años, dejar los estudios y comenzar a trabajar el turno noche en la única estación de servicio del pueblo.
  • Perder poco a poco cualquier hilacha de esperanza de que algun día algo pueda llegar a mejorar.
  • Por último, manejar de madrugada por la ruta su Chevy destartalado, con las ventanillas bajas y la brisa fresca en la cara, únicamente acompañados por estos acordes, camino al funeral de ese padre al que sólo conocen por las ajadas fotografías que su madre aún guarda en esa caja de zapatos oculta en el fondo del ropero.

En su defecto, intentar lo siguiente:

  • Presionar play en el reproductor en esta página web y cerrar con fuerza los ojos, agradeciendo en silencio la suerte de no haber seguido al pie de la letra las instrucciones anteriores.

Mejores dos segundos®: La tensa pausa durante el estribillo antes de que Lanegan, en esa voz plena de tabaco y whiskey, nos rompa el corazón con su queja acerca de lo difícil que resulta cantar el sonido de una calle a contramano: And you can't get / Can't get it down without crying.

Best seller

Clara apaga la hornalla sin dejar que el agua llegue a hervir y, con movimientos precisos, llena hasta la mitad la taza en donde un minuto antes había puesto el saquito de té. Camina hacia la mesa del comedor y se sienta muy lentamente en una vieja silla que, de todas maneras, se queja con un crujido suave.

Se arregla con aire distraído un mechón de pelo, atrapándolo detrás de la oreja, y vuelve la vista hacia el frasco de plástico blanco que reposa en la mesa. Cuando lo levanta y lo sacude un poco, el sonido del bailoteo de la única píldora que queda dentro rompe por unos segundos el silencio de ventanas cerradas y gruesas cortinas a su alrededor. Toma la última cápsula en su mano, la abre en dos y vierte el polvo blanco sobre el prolijo montoncito ya acumulado en un retazo de papel plateado. Luego deposita las mitades vacías, una amarilla y otra roja, junto a las otras treinta o cuarenta que se amontonan en un costado de la mesa. Levanta con cuidado el papel de aluminio con el polvo, lo dobla en forma de V y vuelca todos los contenidos en el té, en donde se disuelven con un zumbido apenas perceptible.

Mientras revuelve el humeante preparado, repasa en silencio y por última vez las razones que la llevaron a este momento. Desde muy chica, Clara había estado absolutamente convencida de que su destino inevitable era el de transformarse en una estrella de la literatura, protagonizando una saga de novelas románticas ambientadas a principios del siglo diecinueve en Austria, fruto de la pluma de una escritora muy respetada en el el ambiente artístico pero accesible para el público en general. O, al menos, habría de jugar un papel secundario pero fundamental en una novela clásica de lectura obligada para todo estudiante de letras, pasando a formar parte del inconciente colectivo de miles de lectores alrededor del mundo. De hecho, hasta se hubiera conformado con ser nombrada al pasar en un soneto menor de algún poeta maldito, inmortalizándose en las páginas de oscuras recopilaciones arrumbadas en los rincones de unas pocas bibliotecas.

Sin embargo ahí está, amargamente condenada a que tan sólo los últimos instantes de su vida sean plasmados en mediocre prosa a manos de un aficionado sin talento, en cinco paupérrimos párrafos que nunca nadie recordará. Clara ahoga un sollozo de frustración y vacía la taza en dos tragos rápidos.

Luego se levanta, sale al balcón bañado en las largas sombras de una tarde de otoño y se sienta a esperar.

Y luego fueron tres

Se informa por la presente a toda la distinguida población que en el vigésimocuarto día del mes de Septiembre del año de Nuestro Señor de Dos Mil Cuatro, alrededor de las diez cero seis de la mañana, arribó a este mundo Don Mateo I, "El Entintado", Marqués de las Palmeras Torcidas por el Viento, Barón del Eructo Estruendoso, Duque de Todo Pañal Espantosamente Sucio, Conde del Aroma Más Delicioso. Comuníquese, publíquese y archívese.

Primera imagen del susodicho delfín

Primera imagen del susodicho delfín

Los primeros dolores llegaron a eso de las doce de la noche, cuando apenas habíamos acomodado nuestras cansadas cabezas sobre la almohada luego de un largo día de trabajo. Ya en el hospital y durante el resto de la madrugada, La Entintada alternó entre períodos de molestia aguda y otros de profundo sopor narcótico inducidos por la muy agradable (pero no demasiado atractiva, a pesar del imaginario popular) enfermera encargada de vigilar el proceso. Yo, por mi parte, durante todo el rato no pude quitar los ojos del monitor que marcaba ritmos cardíacos, presiones sanguíneas y otras variables que no entendía, pero que de todas maneras me negaba a dejar de controlar, no fuera a ser que a alguien se le pasara algún detalle de largo. Los nervios y la ansiedad, por supuesto, cancelaban cualquier intento de sueño.

El trabajo de parto no progresó como se esperaba y en las primeras horas de la mañana se decidió que una cesárea sería necesaria (valga el trabalenguas). El proceso fue simple y directo: apenas unos minutos después de entrar a la sala de operaciones, con un amabilísimo anestesiólogo como improvisado pero muy efectivo fotógrafo, ya posábamos para nuestro primer retrato familiar con el nuevo integrante del clan Entintado.

El resto del día, mientras La Entintada se recuperaba de la operación, yo trataba de memorizar cada detalle del pequeño muchachito, en caso de que alguien intentara intercambiar niños al deslumbrarse por tanta belleza (todos sabemos que este tipo de cosa sucede constantemente; yo lo vi en Crónica TV). Quería asegurarme de poder identificarlo rápidamente en caso de algún tipo de pericia policial. El cansancio, que se sentía en cada centímetro de piel, pasaba de todas maneras a un remotísimo segundo plano.

Cayendo la noche, habíamos superado los momentos más complicados en la transición del nuevo integrante de la familia de su antiguo rol de ocupante uterino a su nuevo papel como berreante ciudadano del mundo. Algunos síntomas que los médicos prefirieron observar de cerca (siempre asegurándonos, aunque jamás les creyéramos, que se trataba de precauciones extremadamente normales) nos habían mantenido con los nervios crispados y la respiración acelerada, hasta que por fin nos dieron luz verde para pasar el resto de la estadía en el hospital junto a él en nuestra habitación. Mirando embobado a Mateo cenar por primera vez en brazos de La Entintada, caí en la cuenta de que ya superaba holgadamente las cuarenta horas seguidas de vigilia. A esta altura estaba convencido de que dormir era un hábito completamente innecesario de la raza humana y que, la verdad fuera dicha, bien podría no pegar un ojo nunca más por el resto de mis días.

Minutos después, con Mateo arrebujado entre los brazos y respirando tibio en mi cuello, no tardé ni diez segundos en caer profundamente dormido, buceando perezoso en la melaza dulce del mejor sueño de mi vida.

Mateo se rasca pensativamente la oreja

Mateo se rasca pensativamente la oreja

Se advierte al respetable neonato que ante el espectáculo de tan apetitosas manos, orejas y piecitos, el presente progenitor no se hace responsable de sus actos si termina por ceder a la irresistible tentación y devora de un bocado certero alguno de los mencionados apéndices.

Una de las raras ocasiones en que Mateo se digna a abrir los ojos

Una de las raras ocasiones en que Mateo se digna a abrir los ojos

Si mi nombre fuera Juan Ramón Jiménez, así comenzaría "Mateo y yo":

Mateo es pequeño, lampiño, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Ni siquiera los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro, por suerte. Sería clara manifestación de algún tipo de trastorno ocular muy raro.
Lo dejo suelto y lógicamente no se va a ningún lado porque todavía no camina, sino que se queda tranquilo reposando allí en su cuna, y acaricia tibiamente con su nariz, rozándolas apenas, las sábanas con florecillas rosas, celestes y gualdas. Odio esas sábanas, principalmente porque no tengo idea de qué significa la palabra "gualdas". Lo llamo dulcemente: "¿Mateo?", y no hay trotecillo alegre ni cascabeleo ideal porque, como ya dije, no sabe aún trotar, pero da vuelta la cabeza, me mira y parece que se ríe.
Come cuanto le da su madre, que no es muy variado pero le alcanza y sobra. Algún día quizás le gustarán las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar; los higos morados, con su cristalina gotita de miel. Por ahora, la pálida teta, con su cristalina gotita de leche, es más que suficiente.
Es tierno y mimoso igual que un niño, justamente porque es un niño. Cuando paseo con él, los domingos, por las últimas callejas del shopping center, los vendedores de teléfonos celulares, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:
- Tien'asero...
Tiene acero y sangre gallina, al mismo tiempo.


Perfil progresista y democrático

Perfil progresista y democrático

Pido perdón por la prolongada ausencia. Después de los lógicos desajustes, ya retornará este blog a la normalidad (que no es decir gran cosa, claro). Gradualmente volveremos a la frecuencia habitual de dos o tres posts por semana, pero no puedo garantizar que no sean todos tan horriblemente cursis como éste y se refieran constantemente a ombligos, leche o pañales.

Ustedes seguramente sabrán entender.

Varoncito, dijo la partera

El evento amerita mucho, muchísimo más que estas escuálidas líneas, pero en este momento el cansancio gana por amplia goleada. De todas maneras, quería sacudir un poco la sensación de abandono de este rincón y dar una señal de vida.

Valga entonces este post como un breve prólogo a lo que pronto vendrá: un profundo análisis sin tapujos acerca del fascinante submundo que involucra, en extraña sociedad, a la industria de los pañales descartables, el gremio internacional de las enfermeras, y la felicidad más completamente absoluta.

Fragmento de la torta en el baby shower de Mateo

Fragmento de la torta en el baby shower de Mateo

Y me van a tener que disculpar si por unos días este blog se pone extremadamente monotemático.

Bienvenido, Mateo, pasá y ponete cómodo. Te estuvimos esperando.

Popstars

Hará unos ocho o diez años, junto a mi gran amigo (y eventual testigo de casamiento) Germán conformamos un dúo musical que ofreció, si la memoria no me falla, la fantástica cantidad de dos (2) recitales. En ambas sublimes ocasiones, descerrajamos nuestra letal mezcla de clásicos de Nino Bravo, Oasis y Los Parchís ante una cautiva y, seamos sinceros, altamente intoxicada audiencia de amigos y conocidos durante sendas fiestas de cumpleaños.

Hasta donde yo sé esta sociedad musical jamás se disolvió formalmente, por lo que quizás el futuro nos depare aquel esperado concierto de reunión que le debemos a la comunidad artística toda. Desempolvaremos guitarras y teclados, repasaremos nuestras arrugadas partituras y demostraremos que, efectivamente, las fuerzas armadas deberían prohibir de una vez por todas que manipulemos cualquier tipo de instrumento musical.

Sin embargo, y a pesar de tanta ineptitud melódica, nuestro dúo tenía un nombre que aún hoy considero fantástico: "Claudia y las nenas". Germán, luego de presentarnos en escena, decía mientras me señalaba: —Por si se lo están preguntando, él no es Claudia y yo no soy las nenas.

La cuestión es que antes de elegir este nombre en particular barajamos varias otras opciones que terminaron quedando por el camino. Desde este desvencijado púlpito, en un intento de aporte a la comunidad, hoy ofrecemos públicamente esta lista de posibles nombres para bandas musicales, con la certeza de que quien tenga el poco tino de utilizar alguno de ellos seguramente hará un papel mucho más digno en la escena musical que el que jamás nosotros pudimos lograr.

Sin más rodeos, la lista:

  • Tachame La Doble
  • Los Dislxéicos
  • El Cosito Ése De Ahí
  • Bonanza y Los Ponderosos
  • A Veces Pasa
  • Recital Suspendido Por Lluvia
  • Planck y Sus Constantes
  • La Vincha Flúo de Guillermo
  • ¿Tenés Merthiolate?
  • Los Repuestos de Rivadavia
  • Mentira y Los Patas Cortas
  • Ponele Que Sí
  • Araujo Miente
  • Los Falsos Auténticos Decadentes
  • Calamarettis En La Rambla

Los ilustres visitantes, por supuesto, quedan cordialmente invitados a dejar sus aportes a esta lista en la sección de comentarios.

Canción del momento III

Vivo acá donde vivo desde hace un par de años. Y como todos somos permeables y respiramos en ósmosis permanente, ahora luzco orgulloso mi lado tropical. Estas Lágrimas Negras, del disco homónimo de Bebo Valdés y Diego "El Cigala", valen como perfecta muestra.

Descubrí este disco gracias a mi admiradísimo Diego Manso, maestro curador de Falatório. Sin pedir ningún tipo de permiso (no tengo demasiado para perder en un juicio por derechos de autor), le tomo prestado un par de párrafos en los que desgrana el espíritu del disco de una manera que jamás yo podría lograr, como si hubiera estado sentado ahí, fumando un cigarrillo en un costadito del estudio.

Entre Bebo Valdés y Dieguito "El Cigala" median cincuenta años. Uno, abandonó Cuba a principios de los sesenta para radicarse en Estocolmo. El otro, que recibiera su bautizo artístico por gracia de Camarón de la Isla, aparece en los tempranos noventa como heredero del mejor linaje flamenco. Juntos, grabaron en apenas algunas jornadas, un disco milagroso que se dio en llamar "Lágrimas negras". Un título que no debería entenderse como otra cosa más que una mera fórmula: la pluralidad de lágrimas que brota de las canciones no admite clasificaciones ni matices capaces de contenerla. Si vamos a llorar, hagámoslo bien.
[...]
El dolor puede ser desmenuzado en miles de dolores. Puede doler una sola palabra, aunque no necesariamente la palabra entera. Puede doler una sílaba. Esto lo sabían Amália Rodrigues, Nina Simone o La Lupe. Lo sabe Chavela Vargas. El dolor puede fragmentarse, invadir, volverse rumiadura. Diego "El Cigala", constantemente comentado por el piano de Bebo Valdés, proyecta el dolor en miles de dolores. Entiende de lágrimas y saudades, de punzadas y espeluznos.
[...]
Tal vez, "Lágrimas negras" sea la biografía del corazón. Del dolor de amor su parlamento. De la vida entera, quizás, algo de su belleza.

Pueden leer el resto acá (Falatório no tiene páginas individuales para los posts, así que busquen la entrada correspondiente al 9 de Marzo).

Y ahora, bajen las luces, sírvanse una copita de ron y empiecen a bailar despacito con la memoria de lo perdido.

Mejores dos segundos®: Diría que los mejores dos segundos son todos, pero para no hacer trampa elijo el momento mágico en que la canción cambia de paso y entra al trotecito a los estribillos finales.

Postales de un refugiado

El Jueves por la tarde dan la orden de evacuación. Armar el bolso para una ausencia difusa, de horas que se podrían transformar en días, no toma demasiado tiempo: ropa, material de lectura, una baraja española para el chinchón, una radio, pilas, algo de comida chatarra. Cuando lo cierro y me lo cuelgo al hombro, lo siento algo liviano. Vuelvo a abrirlo para revisar y compruebo con desazón que de todas maneras no hay lugar en ese bolsito de lona para lo que me está faltando. El escudo protector electromagnético inexpugnable made in Japan que compré online en Amazon hace unos meses para evitar que nada malo les ocurra jamás a la Entintada y El Pulga (futuro endiablado puntero derecho y su okupa uterino desde hace ocho meses) es demasiado grande y pesado para llevar con nosotros. Parece que cuidarlos será responsabilidad exclusivamente mía, entonces.

La Entintada, tranquila, me mira sonriente y se acaricia la panza mientras subimos los bártulos al auto. Esta pobre gente no sabe en quién están confiando su bienestar.

Empujá, Tito, que ya llegamos

Empujá, Tito, que ya llegamos

El hotel/refugio es un crisol de razas, si se me permite la trillada expresión. Italianos (que de lejos suenan igual a cualquier porteño chanta), españoles, una pareja de dinamarqueses vestidos casi iguales, colombianos, cubanos (por supuesto). Nosotros, entre hoscos y retraídos, sólo hacemos buenas migas con una nena que acusa cuatro años pero muestra sólo tres con los dedos y nos pasamos el resto del tiempo tirados en la cama, durmiendo o leyendo al ritmo del viento.

En la mesa del desayuno, escucho la conversación de la mesa de al lado mientras mastico un panqueque con aire distraído (mis antenas parabólicas son herencia materna). Un dominicano grandote, de mostachos imponentes y aspecto de luchador mexicano, le cuenta al padre de nuestra pequeña amiga que es de Queens, New York, y ésta es su primera visita al sur de Florida. Después comenta que se dedica al diseño de moda femenina y mi lado prejuicioso me dicta que, la verdad sea dicha, su tipo físico no coincide en absoluto con el estereotipo habitual del oficio que pregona.

Un rato más tarde, mientras fumo sentado en un banco junto a la puerta del hotel, veo pasar a nuestro Versace latino, luciendo unas chancletas chinas de color fucsia furioso. Admirado, tengo que admitir que le quedan espectacularmente bien.

Olas que vienen, olas que van

Olas que vienen, olas que van

Se corta la luz. Como no llueve demasiado y el viento nos da un respiro, salimos a buscar una linterna, para poder pasar la noche sin reventarnos el dedo meñique del pie contra la pata de la cama cuando intentemos ir al baño.

Encontramos, casi de milagro, un minimercado abierto en la calle que bordea el aeropuerto. Otra pequeña sucursal de la OEA, con representantes de cada país latinoamericano pululando en la penumbra entre las góndolas. La muchacha delante mío en la cola para pagar pide unos cigarrillos en español y el cajero advierte su acento.

—Eres paraguaya, ¿no?

—Sí, sí—, sonríe la chica, con cara de circunstancia.

—Ah, entonces Margarita va a querer hablar contigo—, dice el tipo, y enseguida vocifera, mirando hacia el fondo del local: —¡Margarita! ¡Vente para aquí, que ella es paraguaya!

La pobre muchacha se queda ahí parada, con la sonrisa congelada y el dinero en la mano, sin saber bien qué esperar de la situación. A los pocos segundos aparece una señora muy mayor, bajita y rechoncha, que sin ningún tipo de rodeo o presentación saca del bolsillo una tarjeta telefónica prepaga, y le espeta:

—Ayer hablé a Asunción con ésta de veinte dólares, y me duró nada más que quince minutos. ¡Quince minutos!

La jovencita paraguaya no atina a responder, y se nota por su expresión confundida que está tratando de entender qué diablos tiene que ver ella con las intrincados detalles tarifarios de las comunicaciones telefónicas intracontinentales. La viejita, exasperada, intenta aclarar un poco más su problema con algún detalle geográfico:

—Y conste que era Asunción en Paraguay, no en Uruguay, ¿eh?

El silencio confundido de la chica, que trata en vano de darle algún sentido a toda la inexplicable escena, se hace eterno.

Aprovechando la pausa, pago rápido lo mío y salgo, temiendo que en algún momento a alguien se le ocurra incorporarme a la conversación. Cuando al guionista de mi vida le agarra ese ataque de teatro absurdo me suelen ganar los nervios y opto siempre por hacer mutis por el foro.

Frances a pleno

Frances a pleno

Sin posibilidad de seguir el progreso del huracán en televisión por el corte de energía, tenemos que recurrir a la radio. El problema es que casi todas las estaciones transmiten en duplex con algún canal de televisión y los cronistas se refieren constantemente a las imágenes en pantalla, lo que obliga a mi imaginación visual a trabajar más que de costumbre.

En mi somnolienta cabeza de siesta vespertina, el huracán muta de espiral a flor y el mapa de Florida se asemeja mucho a Italia. La voz de la cronista es idéntica a la de María Martha Serra Lima, si María Martha hablara perfecto inglés, así que de ahí en adelante espero que en cualquier momento rompa en canto, matizando tanta lluvia y destrucción con "Reloj, no marques las horas".

Antes de dormirme profundamente, sonrío convencido de que mi versión de la realidad es mucho mejor que la que nos quieren vender.

Fijate si se rayó un poco el auto

Fijate si se rayó un poco el auto

De vuelta en casa, repaso el paisaje desde el balcón. Por primera vez en varios días, y por dos brevísimos segundos, el sol se escurre entre las nubes y hace brillar el asfalto mojado. Después empieza a llover de nuevo, pero un poco más suave.

(Fotografías originales del Miami Herald)

Un poco de amor, Frances

Estamos organizando una multitudinaria concentración en la playa durante la tarde de hoy, alrededor de las cinco, cinco y media de la tarde, para todos juntos soplar al unísono hacia el Este-Sureste y mandar al Huracán Frances para el lado del Sahara, que parece que allá andan necesitando algo de humedad.

Para mayores datos, dirigirse a Avenida Costanera y Colectora, departamento 17, por el pasillo al fondo. Golpear las manos y preguntar por Panza, Chueco o El Pulga.

Inspiración

Mi inspiración, a la que me voy a referir en adelante por su nombre de pila (María Esther), suele tomarse algunos días de vacaciones de tanto en tanto.

Ella se refiere a estos pequeños descansos como "recreos necesarios para recargar las baterías". Yo prefiero llamarlos "ganas de rascarse un rato". Sea como fuere, cuando María Esther entra en uno de estos períodos sabáticos no es de quedarse en casa tirada en el sofá con el control remoto en una mano y algo fresco para tomar en la otra (que es lo que yo haría), sino que se calza unas chancletas, guarda unos pesos en una carterita marrón horrible que carga hace décadas y enfila por la ruta hacia algún destino poco certero.

Cada tanto se pone en contacto conmigo, entusiasmada por algo que ella supone que nos podría llegar a servir. Me llama desde algún teléfono público, siempre por cobrar, y grita:
—¡Hoy vi un amanecer sobre el mar, desde la playa, que merece por lo menos dos poemas cortos y una bachata o son cubano!
—María Esther —le explico con paciencia—, vivimos a cincuenta metros del mar. Vemos amaneceres marinos todos los días. Literalmente.

Otras veces, la comunicación es en forma de telegrama. "Buenas noticias. Stop. Nueva tonalidad de amarillo descubierta. Stop. Buenas posibilidades para pintura o fotografía. Stop. Difícil de describir ahora. Stop. Muchas palabras en telegrama. Stop. Muy caro. Stop. Algo corta de fondos. Stop. Hablamos a la vuelta. Stop. Regar potus. Stop". A su regreso, claro, ya el nuevo color se le olvidó y tanto palabrerío no sirvió de nada. Ni siquiera para salvar al pobre potus.

María Esther también es muy adepta a las postales. Mi favorita es una que mandó hace unos años desde Venecia, Ciudad del Cabo o quizás Río Gallegos (la fotografía está muy oscura y algo fuera de foco). "Conocí un marinero fascinante", escribió en aquella ocasión. "Su obsesión por capturar cierta ballena blanca gigante es digna de una novela". La pobre, que no es muy leída, ni se da por enterada cuando le toman el pelo de esta manera.

De todos modos, ya no me hago mala sangre por lo despistada y poco efectiva que puede resultar esta muchacha. A eso estoy acostumbrado; venimos conviviendo desde hace veintiocho años y hace rato que perdí toda esperanza de que cambie. Lo que sí me tiene preocupado es que este tipo de vacaciones cada vez resultan más asiduas y más prolongadas. De hecho, hoy se cumplen tres meses desde que María Esther partió por última vez y en todo este tiempo no tuve noticia alguna de su paradero.

Alguna vez leí eso de que "cada artista es un caníbal y cada poeta es un ladrón, todos asesinan a su inspiración y cantan acerca del pesar". No es mala idea. Mañana mismo me compro un machete y que María Esther empiece a andar con mucho cuidado. Si es que vuelve alguna vez.

Canción del momento II

Llega el momento de una nueva canción del ídem.

Hoy, bajo amenazas de la peor calaña, traemos a este roñoso rincón al señor Caetano Veloso, un muchacho que recién está arrancando en esto de la música. Este blog, siempre buscando ayudar a quienes lo necesitan, tratará de hacer su parte en la difusión de la obra de este (prácticamente) ignoto artista.

Su más reciente disco, una colección de covers intitulada A Foreign Sound, parece ser adorado y odiado en proporciones similares. Este cronista, que nunca quiere quedar mal con nadie, utilizará la palabra "desparejo". De entre las muchas joyas y algunas baratijas bastante espantosas (¿Feelings? ¡Agh!) que se pueden encontrar en el extenso listado de canciones de este LP, seleccionamos el ya clásico original de Talking Heads, (Nothing But) Flowers.

La canción me encantó desde el primer momento en que la escuché en la voz de David Byrne (creo que fue durante el verano del 89, sentado en la alfombra del living de casa, vistiendo esa remera azul con la tablita de surf en la espalda, pero puedo estar inventando), y la reinterpretación de Veloso no es simplemente digna: realmente podría haber sido éste el tema original, y nadie (ni siquiera Byrne) se hubiera quejado.

Ya sé, ya sé. No es coherente que una canción tan zumbonamente ecológica y naturista me fascine de esta manera justamente a mí, que si me separan del teclado de mi PC por más de unas horas entro en síndrome de abstinencia. Pero la coherencia es una virtud muy sobrevaluada y que jamás cultivaremos por estos lares.

Que la disfruten.

Mejores dos segundos®: La fantástica forma en que Veloso pronuncia la palabra "cookies".

La misión

Siete menos cuarto de la mañana. Juan Carlos apuró el último trago de café y enjuagó la taza con un par de chorros de agua de la canilla. Se detuvo junto a la puerta de entrada al departamento y luego de ponerse el saco, sin siquiera pensarlo, dejó que su mano derecha hiciera el recorrido habitual para constatar que todo estuviera en su lugar: teléfono celular, llaves, pañuelo, lapicera. Al llegar al bolsillo interno izquierdo del saco, tanteó dos veces para comprobar con desazón que había olvidado su billetera en la mesa de noche, junto a la cama.

Se dirigió con pasos ligeros pero silenciosos hacia la habitación en donde todavía dormían su mujer y su pequeño hijo. El malestar por el olvido comenzó a dejar paso a un nerviosismo juguetón por la misión a cumplir: recuperar su billetera sin interrumpir el plácido sueño de Sofía y el bebé. Juan Carlos disfrutaba de estos pequeños desafíos y solía enmarcarlos en situaciones imaginarias, casi siempre algo cinematográficas. Hoy, decidió rápidamente, sería un marine en Vietnam intentando apropiarse de importantes documentos enemigos, resguardados por un par de somnolientos soldados dentro de una choza en un suburbio de Da Nang.

Abrió la puerta muy despacio, apenas lo suficiente para que pudiera deslizarse dentro de la habitación sin llenarla de luz exterior. Conteniendo la respiración, dio tres pasos lentos pero firmes, con la seguridad de conocer de antemano la distribución de los objetos en la penumbra del lugar. A su derecha, envueltos en una sospechosa fragancia a talco y perfume, los peligrosos guardias continuaban durmiendo pesadamente, sin sospechar su presencia. Calculó que estaba apenas a unos centímetros de distancia y dio un último paso, corto, certero. Terminando ya de plantar la suela, sintió con horror un pequeño bulto, algo blando, que se interponía entre la punta de su zapato y el suelo. No tenía ya forma de detener su impulso, y el objeto aplastado bajo su pie (¿una musaraña salvaje asiática? ¿un patito de goma?) chilló irreversiblemente.

Escuchó el estruendo del primer disparo a la vez que una explosión de fuego le destrozaba la rodilla. Aguantó el alarido que le llenaba la garganta e intentó un manotazo desesperado hacia su objetivo, avergonzado de fallar. Antes de que pudiera lograrlo, la segunda bala entró limpiamente en su sien con un ruido sordo, el último que jamás escucharía.

Su cuerpo, contorsionado en forma extraña, se desplomó sobre la húmeda tierra apisonada que pronto se teñiría de ocre oscuro con su sangre. Afuera, la selva se despertaba al ritmo frenético de la metralla.

Máximas mínimas

Si San Martín pudo adoctrinar a su hija Merceditas, bien puedo yo ensayar algunos consejos para mi futura prole. Y rezan así:

  • La simpatía por un equipo de fútbol no es una libre elección sino una cuestión de herencia inapelable. Así que nada de rebeldías genéticas.
  • Si tu anécdota termina con la frase "... y ahí estábamos, un turco, una alemana, la pareja de japoneses y yo, completamente perdidos en Budapest, sentados en un bar en donde servían una sidra tibia increíble y riéndonos a carcajadas de cualquier cosa" o algo similar, no la cuentes. Todos te odiarán, y con razón.
  • Conocer mucho a alguien no implica ninguna virtud extraordinaria en dicha persona, y viceversa. O sea, hay mucho ser fantástico con el que jamás cruzarás palabra y mucho guacho que te abrazará en cada cumpleaños, y viceversa.
  • Cuando vayas manejando el auto y estés cantando a grito pelado, hacelo con un gesto serio y sin revolear demasiado la cabeza. Los demás creerán que estás en una importantísima llamada de negocios en tu celular hands-free. ¡Ojo! Una ventanilla mal cerrada o una canción con vocales demasiado prolongadas pueden destrozar el efecto.
  • No me lleves demasiado el apunte, ni siquiera en forma de máximas.

No creo que esto termine acá. Tengo en las gateras cientos de consejos más para ser sabiamente ignorados.