Textos

Cítricos

En el jardín tenemos tres árboles frutales, todos cítricos: un limonero, un naranjo y un mandarino. Están a un costado de la casa, en un lugar ni tan soleado ni tan oscuro, y no les prestamos más atención que al resto del jardín (es decir, casi nada).

Y sin embargo cada invierno dan más frutas que el anterior, como si redoblaran año a año los esfuerzos para ganarse nuestro cariño. Nosotros seguimos ignorándolos, estoicos.

Portastudio

Esta Tascam Portastudio (técnicamente, “Ministudio Porta 02”) está en mi escritorio y clasifica hace rato como reliquia. La compré en el año 2000, inspirado en los demos caseros de Mountain Goats o Elliott Smith, creyendo equivocadamente que herramienta equivale a talento.

Lo primero que grabé fue un cover de “Ain’t no sunshine” de Bill Withers, que se extravió junto a un puñado de otras grabaciones en la caja de cassettes de cinta de metal que usaba en ese primer intento de estudio casero. Mejor así, créanme.

Más allá de la cuota de nostalgia personal, es lindo tenerla ahí y mover cada tanto las perillas y los deslizantes, que mantienen la resistencia del primer día. Mención especial para el color: un azul acerado con detalles en naranja al que las fotos no le hacen justicia.

Creo que es mi adorno favorito.

Teoría conspirativa

Es hora de que ustedes sepan que, día tras día, un ejército de robots invisibles teledirigidos enviados por la CIA se dedica a destruir mis obras más brillantes sin dejar rastros, y acá sólo queda lo que ellos consideran completamente inofensivo e irrelevante.

Revisando estos despojos tengo que admitir algo: estoy completamente de acuerdo con su perverso criterio.

Error

El anciano, maltrecho y jadeante, vestido sólo con harapos malolientes, protesta: “¡No soy un viejo, tengo sólo veintitrés años! ¡Y estoy en excelente estado físico, si la semana pasada participé en un triatlón! Además, este flamante smoking que llevo puesto costó catorce mil dólares”.

El autor, avergonzado por su error, mata al personaje de un plumazo en la última frase del cuentito.

Jörg

En este momento, a quinientos millones de años luz de la Tierra, en el sexto planeta en órbita alrededor de la estrella enana roja Kepler-186 perteneciente a la constelación Cygnus, el joven Jörg Hopster mira al cielo e imagina que un oficinista viviendo en un mundo azul perdido en un rincón del universo le endilga un nombre inexplicablemente germano y escribe un puñado de líneas acerca de él.

Tinta de mentira

Este año quiero darle prioridad a avanzar con cosas nuevas, así que (por supuesto) lo primero que hice fue mirar para atrás y ponerme a repasar lo viejo.

Pasé los primeros ratos libres del 2015 corrigiendo, editando y ampliando Demasiado tiempo libre, el ebook que recopila algunas cosas publicadas en este blog. En su versión original, el librito abarcaba el período entre 2004 y 2009, así que aproveché la oportunidad para agregarle algunos textos publicados entre 2010 y 2014, cosa de cubrir los once años de vida de estas páginas. Ojalá se notara algún tipo de evolución después de tanto tiempo, pero no.

Esta vez puse mayor énfasis en la parte estética, siguiendo la filosofía de que si el relleno es sospechoso, entonces que al menos la empanada luzca bien a la vista. Usé una herramienta llamada Vellum, que permite armar ebooks muy elegantes y comprobar en tiempo real cómo se verían en una variedad de lectores físicos:

Vellum en acción, mostrando un preview del libro tal como se vería en un Kindle Paperwhite.

Vellum en acción, mostrando un preview del libro tal como se vería en un Kindle Paperwhite.

Terminado el montaje del libro, Vellum se encargó de generar versiones en formato ePub (para iPad, iPhone, Nook, etc.) y mobi (para Kindle). A partir de esos archivos, usé Calibre (venerable herramienta de administración de libros electrónicos) para generar las versiones en pdf y rtf.

El resultado, hermoso a la vista pero fuera de garantía en todo aspecto artístico, queda para siempre disponible en esta página dedicada. Si se arriesgan a leerlo y tienen alguna sugerencia, comentario o amenaza de muerte, no duden en acercármela vía mail o Twitter.

Gatito extraviado

Pelusita

Pelusita

¡Hola! Mi nombre es Pelusita y me perdí el día 14 de septiembre cerca de la plaza de Colombres y 14 de Julio. Llevo un collar rojo y soy muy juguetón. Mis dueños Sofi y Joaco están muy, muy tristes y me extrañan mucho, mucho. Si me ven, por favor llamen al 4299-2233 entre las 9 de la mañana y las 6 de la tarde. ¡Muchas gracias!

Lo más probable, si vamos a ser sinceros, es que jamás aparezca. Después de todo, soy un gato que no sólo aprendió a escribir sino que también tiene las habilidades motrices y técnicas suficientes como para imprimir este cartel usando una PC bastante decrépita y una copia pirateada de Word 5.0. 

No tengo la menor intención de volver. Sofi y Joaco no son mala gente, pero la comida en esa casa dejaba bastante que desear y, francamente, ya estoy cansado de jugar con el mismo ovillo de hilo sisal desde hace más de un año. 

Estoy para otras cosas. Quiero leer algo de Cortázar, enamorarme, cazar pajaritos en Macchu Picchu, conquistar el mundo, qué se yo. El cielo es el límite y todavía me quedan (después de aquel desafortunado incidente cuando mastiqué el cable de la tostadora) seis vidas por delante.

Sobre el acto de escribir

Mis lectores habituales seguramente apreciarán la oportunidad de echarle un vistazo a la compleja maquinaria creativa detrás de los textos que aquí se publican. Precisamente a eso pienso dedicar estas líneas.

Para usar un ejemplo concreto, la idea que dio vida al artículo que están leyendo en estos momentos surgió hace cosa de un par de minutos. Inmediatamente escribí el párrafo introductorio y luego pasé a concentrarme en el desarrollo del argumento principal. Cuando me di cuenta, entrada ya la tercera oración del segundo párrafo, de que a nadie en su sano juicio puede interesarle en lo más mínimo lo que yo tenga para decir acerca de cualquier tema, y menos que menos éste en particular, decidí para bien de todos terminar con el asunto de la manera más torpe y abrupta posible.

The Luminous Jerks

Puestos a considerar cuál es la banda que hoy más nos intriga, el nombre de The Luminous Jerks es el primero que viene a la mente. Hay tanto por descubrir acerca de este grupo, son tantos los vericuetos que rodean su particular historia, que es imposible reaccionar de otra manera. Desentrañar este misterio es el desafío que hoy nos toca enfrentar.

La música de The Luminous Jerks es, a todas luces, inclasificable. Es tan probable que contenga elementos de salsa y polka como visos de canto gregoriano, minué o metal gótico. Resulta difícil categorizarla porque ninguna de sus canciones se ha registrado en formato perdurable; no existe vinilo, cinta o disco rígido que albergue siquiera un segundo de estas piezas esquivas. Nunca se han presentado en vivo y, notablemente, tampoco se conoce el lugar en donde ensayan (si es que acaso lo hacen). A nadie le consta que sus miembros hayan estado físicamente en el mismo lugar en forma simultánea, y menos que menos con instrumentos en sus manos.

Es tan poco lo que se sabe acerca de los integrantes de The Luminous Jerks que escribir sobre ellos es una tarea plena de frustración. Podrían ser 4, 10 o 20 músicos, quizás siempre los mismos o quizás un elenco en constante rotación. Del mismo modo podría tratarse de un proyecto solista disfrazado y nada quita que todo sea fruto de un algoritmo pergeñado por un programador anónimo con dudosas inclinaciones musicales.

Sumado a esto, el afán vanguardista de The Luminous Jerks hace que el grupo cambie constantemente de nombre: en medio de esta oración pasan a llamarse A Boatload of Infected Lollipops y antes del punto final optaron por rebautizarse como Duran Duran Duran.

Acaso en una muestra cabal de la dificultad de ahondar en este verdadero fenómeno musical, no llegamos a concluir esta reseña sin antes enterarnos de la triste noticia de que el grupo se separó, que ya no existe, que de hecho nunca existió fuera de nuestra torpe pluma y de tu retorcida mente, eventual lector.

La esquina

La escena se repite cientos de veces al día, casi sin variantes: el semáforo cambia a rojo y empieza a amontonarse sobre la calle una mezcla variopinta de payasos malabaristas, chicas cargando ramitos de flores y todo tipo de vendedores de plumeros, juguetes, guías de tránsito y cargadores para teléfonos celulares. Soportando con impaciencia la forzada detención, pocos se dignan a prestarle atención al autito desvencijado que, cruzado en la esquina, maniobra de acá para allá con las balizas prendidas. Muy de vez en cuando alguno de se acerca y tira por la ventanilla semiabierta una moneda, recibiendo a cambio un bocinazo agradecido. Eventualmente la luz verde hace que todos vuelvan a ponerse en movimiento y sigan su camino calle abajo; todos excepto el autito, que se refugia junto al cordón y espera, con el motor traqueteando de esperanza, que el semáforo vuelva a congelar por un par de minutos ese chorro interminable de gente.

Mi perrito nuevo

Che, José, mirá mi perrito nuevo. Bah, mirá la foto de mi perrito nuevo. Bah, mirá la digitalización de la foto de mi perrito nuevo. Bah, mirá la pantalla de mi celular que muestra la digitalización de la foto de mi perrito nuevo. Bah, mirá lo que tus ojos y tu cerebro interpretan como la imagen de la pantalla de mi celular que muestra la digitalización de la foto de mi perrito nuevo. Bah, mirá lo que el circunstancial lector de estas líneas, según sus experiencias y prejuicios y neurosis y humores, imagina como lo que tus ojos y cerebro interpretan como la imagen de la pantalla de mi celular que muestra la digitalización de la foto de mi perrito nuevo. ¿No es precioso?

La bandera

Predominan tres colores: rojo, en honor a la sangre derramada en la guerra por la independencia; verde, celebrando los extensos prados que cubren nuestro territorio; y gris amarillento, en conmemoración del color de los dientes del amado líder. Una estrella se destaca en el centro, sus cinco puntas representando las principales actividades económicas de la nación: agricultura, ganadería, minería, cerámica y prostitución. La sobrevuela un águila que encarna la imperturbable determinación de nuestros gobernantes; a sus pies, un escuerzo gigante sirve de triste recordatorio de la epidemia de verrugas que diezmó la población a fines de 1991.

Notablemente, la escupidera enlozada de la esquina inferior derecha simboliza tan sólo una escupidera enlozada. 

El evento

Sin previo aviso, una hecatombe imperceptible. No se escuchan sonidos. No hay ráfagas de viento o luces en el cielo. Nadie en el mundo se entera de nada. Apenas si vibran dos o tres moléculas de un filamento que recubre la pata trasera derecha de la garrapata que cuelga impávida del cuello de Ulises, un fox terrier que duerme tranquilamente en el patio de una casa pintada de azul en un pueblo de Andalucía.

Así y todo, luego de analizar en profundidad la andanada de calamidades subsiguientes, el mundo científico coincide en catalogar ese mínimo evento como el principio del fin.

La hormiga

Esta es la decepcionante historia de la hormiga que, teniendo el asombroso poder de predecir el futuro, decidió terminar con su vida arrojándose al paso de un zapato al ver que la única crónica de su notable habilidad serían estas torpes líneas sobre las que hoy, oh lector, sufren tus pupilas.

Salchichas

En sus retornos anuales a cada pueblo, el Circo de los Hermanos Farfalla jamás muestra mejorías en las habilidades de sus animales. Por el contrario, las fieras más experimentadas son gradualmente reemplazadas por cachorros torpes, poco vistosos en la pista pero libres de mañas y más baratos de mantener. Mientras tanto, las salchichas que se venden en el puesto de comidas tienen cada vez más gusto a trompa polvorienta, a melena vieja, a garra triste.

El caballero dorado

Como quien suscribe está bastante remolón a la hora de ponerse a escribir, su hijo Mateo decidió darle un poco de movimiento a este rincón con una heroica comedia de enredos. A continuación, su primer cuento ilustrado: 

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Para terminar, una transcripción fiel de esta notable ópera prima:

El caballero dorado

habia una ves un señor muy pobre tan pobre que no tenia para comer un dia se fue a un pueblo perdido en el tiempo que el que llegaba ba a ser un caballero en tonces el señor no sabia eso porque no le dan diario el señor beia las mas lindas flores del mundo el rey lo bio y le dijo que el iva a cer el caballero dorado el señor penso que era un juego y acepto la imvitacion fue y le parecio un castillo de verda y despues penso que iva a cer una linda pelicula el rey penso que queria ber una pelicula lo llevo al cine y el señor penso que el iva a ver una pelicula guena y el rey le dijo bas a cer el caballero dorado en la vida real el señor se puso muy contento y le pagaban y no sufrio nunca mas

FIN

Reencuentro

El reparto resultó bastante ecléctico: corazón para un oficinista triste de Praga, pulmones para una gitana andaluza, dos relucientes riñones volando a Londres con destino de jovencita punk y un hígado que le salva la vida a un sesentón alcohólico de Nápoles. Tanto desparramo geográfico complicó el plan, pero tiempo y paciencia es lo que sobra acá del otro lado. Eventualmente, a base de falsas casualidades, sugerencias plantadas en sueños y repentinas obsesiones inexplicables, logré reunir a todos mis receptores bajo el sol de una tarde de otoño. La nota de tapa en Le Monde, hiperbólica como era de esperarse, se refirió al hecho como "una desenfrenada orgía en pleno día a los pies de la Torre Eiffel, con participantes de variadas edades, razas y procedencias, entregados a su apasionada tarea como si una mano invisible guiara sus más bajos instintos". Yo prefiero hablar de un bonito reencuentro conmigo mismo.