Oh la la, madame!

El primer tramo del viaje planeado por Don Mateo, conseguido a base de vaya uno a saber qué clase de amenazas y chantajes, nos llevó de Buenos Aires a París. Mientras La Entintada y yo intentábamos conciliar el sueño acomodándonos y reacomodándonos en nuestras butacas (confieso que tuve bastante éxito en dicha empresa), el minúsculo malhechor se pasó el viaje garabateando en un anotador diferentes estrategias para birlar la estricta seguridad de los estadios y lograr contaminar los bidones de agua de los equipos contrarios con un laxante suave o, en su defecto, algún agente neurotóxico. Cada tanto, para matizar sus elucubraciones, pellizcaba lascivamente a las pobres aeromozas cuando pasaban a su lado.

Yo no sé cómo fue que no decidieron bajarnos de ese avión en las Islas Azores.


Existe un prejuicio, sobre todo en los países de habla inglesa, que sostiene que los franceses son seres insufriblemente pedantes. Yo creo que ese ese estereotipo se debe mucho al lenguaje en sí mismo, o más concretamente a la tonada que emplean para hablarlo, la cual trasladada a cualquier otro idioma trae la impresión inmediata de una mezcla horrible entre desdén y exasperación.

Pero, si uno se fija bien, los franceses utilizan esta misma cantinela para hablarse unos a otros cuando charlan de fútbol o piden la cuenta o se dicen cosas tiernas al oído, lo que invalida esa primera sensación negativa que uno puede llegar a tener. Y la verdad es que, en mi modesta opinión, pocas lenguas resultan tan musicales y seductoras como ésa, aún si uno no llega a entender casi nada de lo que se dice.

Aparte, un idioma que en el que una palabra tan simple como "hoy" se dice de un modo tan poéticamente enrevesado como "aujourd'hui" no puede jamás ser tachado de feo.


Quizás Don Mateo comparte conmigo mi embelesamiento con el francés, porque en pleno pasillo del aeropuerto Charles de Gaulle fue a quedar absolutamente prendado de una pizpireta lugareña, como fehacientemente atestigua la siguiente fotografía:

 Amor en el Charles de Gaulle, con fondo de chansonette

Amor en el Charles de Gaulle, con fondo de chansonette

Pero, como ya todos saben, los amores de aeropuerto son aun más fugaces que las pasiones de verano, y en menos de un minuto ya el objeto de su afecto se marchaba para siempre, de la mano de su madre, por la puerta de embarque número D73.

Y hasta me pareció que al rudo rufián se le escapaba un lagrimón, miren ustedes.